2. Altos y bajos (y más bajos)

Las últimas cuatro semanas, desde que dejamos Stanthorpe y las manzanas con unos amigos, me llevaron de las comodidades y seguridades más grandes de mi viaje a los momentos más estresantes, malos y frustrantes que he tenido. De comer en un restaurant de un hotel con todo pagado, tocando música en vivo, a dormir en el auto con otras dos personas en un callejón oscuro (la multa si te pillan es de 700 dólares). Fue un vaivén extremo en un viaje donde todo cambia muy rápido y los planes se hacen y deshacen antes que el vaso de cerveza se vacíe.

Después de dejar Stanthorpe, cuatro amigos partimos a Byron Bay (235 kms.) pueblo hippie en la playa, en mi auto. Allá nos dejó uno, y los otros tres quedamos con la misión de encontrar trabajo de granja en otro lado, ojalá al norte. Después de pasada la caña de nuestro primer día de desempleados luego de casi tres meses de manzanas, me fui a un café a buscar opciones de trabajo para los tres en internet. Hippies con plata iban y venían, al igual que los cafés, después de que mis amigos se unieran a mí.

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A punto de dejar Stanthorpe, al fin, luego de tres meses.

Terminamos optando por trabajar de voluntarios por dos semanas (WWOOFING) en un lugar increíble, Mt. Tamborine (134 kms. del destino anterior) a cambio de comida y alojamiento, en un lugar a un par de horas al norte de Byron Bay. Fueron vacaciones en una granja orgánica donde el trabajo era muy liviano y la comida interminable; auto a nuestra disposición, dormitorio promio y cama de dos plazas en una casa propia, al lado de la casa de la duena, que cuando no nos avergonzaba cantando canciones de la más extrana naturaleza frente a todos, podía ser muy buena onda. Cada dos horas nos dábamos un break de 20 minutos, tomando café y comiendo galletas en la cocina de las oficinas . A nadie le importaba porque nadie en esa granja nadie precia trabajar en serio. Siempre fue un misterio como funcionaba y quién estaba detrás de todo.

 

El lugar, Mount Tamborine, es una zona muy turística y de gente de mucha plata, pero la mejor parte, la naturaleza exhuberante, era igual de accesible para todos, con muchos parques naturales que se adentraban en la selva. En el pueblo, Eagle Heights, había una tienda de relojes cucú y juguetes alemanes que se transformó en mi tienda favorita que he visitado. Cientos de cucú en la pared, cajas musicales, jarrones de cerveza y otros ítems típicos alemanes. Gracias a Bobby, que trabajaba ahí, conseguí un trabajo temporal en la casa de una señora, donde en tan sólo tres horas logré destruirme las manos y transpirar hasta el borde del delirio desenterrando árboles. El magro sueldo se gastó merecidamente reponiendo líquidos.

 

La última noche en Mt. Tamborine la dueña de la granja nos invitó a todos los voluntarios a comer al restaurant de un hotel. Los voluntarios: yo, mis dos amigos (de Alemania y el Reino Unido), tres franceses y una danesa; y la familia: la duena, su esquizofrénico hijo con una inflexión de voz que pasaba de un tono femenino a las resonantes profundidades de Barry White con cada frase, y una amiga de la familia. Allá toque en vivo un par de temas, y después nos fuimos a la granja a quemar todo lo que habíamos podado y desmalezado durante las semanas, en una fogata gigante que sólo tomó cuatro horas de encender. El vino barato y las conversaciones filosóficas y políticas fueron abundantes.

La pesadilla empezó apenas nos fuimos de Mount Tamborine. El primer destino fue Gayndah (371 kms.) un pueblo cuya belleza y magia equipara a la de los vertederos más putrefactos y repelentes que la humanidad haya conocido. Por lo tarde que llegamos, no alcanzamos a registrarnos en un hostal, así que tuvimos que dormir los tres en el auto en sus calles llenas de personajes de la más dudosa reputación. A los diez minutos mis amigos roncaban con expresiones de paz en sus caras, y yo a las dos horas seguía intentando dormir, con una frustración que crecía con cada ronquido e intento de reacomodarme. En la mañana obvimente fui el primero en despertar, y mis amigos siguieron durmiendo por unas tres horas.

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Amanece en Gayndah, desde la habitación principal del Ford Falcon 1992.

 

A pesar de que había promesas de trabajo en Gayndah, el pueblo era tan aborrecente y deprimente que decidimos partir a otro lado: Bundaberg (134 kms.) una ciudad más grande y con fama de trabajos para mochileros. En Bundaberg pasamos la noche en un hostal que podría haber sido usado como el set para una película post apocalítica, o quizás para un hospital psiquiátrico. Las posibilidades eran ilimitadas. Los otros huéspedes, que tomaban vino barato para olvidar lo terrible de sus jornadas laborales, nos instaron a continuar nuestro viaje y no quedarnos ahí. Una noche de cerveza y ron bastó para decidir que queríamos seguir yendo al norte, y que necesitabamos carpas, urgentemente. La plata se nos iba acabando y acampando podíamos ahorarnos los encantadores hostales.

Armados de carpas baratas, colchonetas inflables y convicción inexorable, partimos temprano al norte, decididos a ir parando en cada pueblo granjero, buscando trabajo. Esa noche la pasamos acampando en medio de un bosque a 20 kms. de la carretera, sin comida, agua ni baños, ni cerveza para superar lo desmoralizante de la situación. Mi carpa resultó ser demasiado chica, así que tuve que intentar dormir encorvado, pero como la colchoneta era angosta, si me encorvaba quedaba fuera de ella. Nada de eso fue problema, porque el frío y mi falta de saco de dormir y almohada me mantuvieron despierto toda la noche.

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Campamento fantasma. En el camino vimos vacas, muerciélagos, canguros y emúes, en orden inverso de extravagancia.
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Siempre hay maneras de divertirse, ¡por limitados que sean los recursos!

El día siguiente llegamos a Ayr (913 kms.), un pueblo granjero un poco más grande pero no menos deprimente y decadente que los anteriores. Pasamos la noche acampando de nuevo, en condiciones similares. El aburrimiento y desempleo nos llevaron a pasar horas en la sala de lavado esa noche, mientras cargábamos los celulares, intentando silbar un tema de El Señor de los Anillos a dos tonos. El progreso fue considerable después de unas horas. La mañana siguiente encontramos un hostal que nos prometía trabajo de granja; sólo teníamos que esperar unos días. Justo a esa hora, un tipo que ofrecía trabajo mediante un aviso en internet y al que yo le había escrito el día anterior, decidió contactarme. El trabajo implicaba solamente manejar su auto dos horas al día, a cambio de comida y alojamiento, en un balneario muy turístico en la playa, lleno de resorts, donde me quedaría mucho tiempo y me sería fácil encontrar un trabajo part time para ocupar el resto del tiempo.

Después de despedirme de mis amigos manejé hacia el norte, solo, todo el día, con un cansancio acumulado que me hacía sentir que mi cabeza pesaba más que el resto del mi cuerpo, pero una esperanza e ilusión enormes de que al fin había encontrado un trabajo más normal, de ciudad, y que podría descansar al fin. Todo el cansancio y esfuerzo iban a valer la pena; era un oportunidad dorada y tenía la suerte de haberla encontrado. Al fin un descanso y unos meses más tranquilos pero productivos, en un trabajo limpio y social. Me encontré con el tipo en Port Douglas (496 kms.) y manejamos a su casa. El sueño me estaba matando, pero por fin dormiría en una cama, con una almohada de verdad y algo con qué taparme.

La casa no estaba en el balneario mismo, sino a 25 minutos en auto, en la mitad de un cerro, sin señal de celular, internet, ni acceso a servicio alguno. Pero algo me dejaba cierto grado de esperanza: ¡al menos las cosas no podían ser peor! Pequé de ingenuo: aún no había visto la casa. Dejando de lado los escombros acumulados alrededor de toda la casa, los materiales y piezas rotas y occidadas de todo tipo, en distintos niveles de descomposición, y la basura por todos lados, el interior de la casa era el lugar más sucio y desordenado que he visto. Platos, fuentes y ollas sucias y con comida pudriéndose por todos lados, e insectos de todo tipo –incluyendo cucarachas gigantes– dándose un festín, un baño de compost sin agua corriente, una duch de agua fría y camas que sólo eran colchones en el piso (y sin almohada!; la pesadill continuaba). La mañana siguiente decidí desaparecer rápidamente y sin rastro alguno. Manejé de vuelta a Ayr (496 kms.) donde mis amigos, con un sueño acumulado inmenso que sólo empeoró con la noche que acampé en el camino de vuelta a Ayr, y me uní a ellos en la espera del trabajo de granja.

Esa misma noche nos llamaron para contarnos que el día siguiente teníamos trabajo recogiendo ajies  por el día siguiente. Otra noche de dormir pésimo en la carpa y poner el despertador a las 5.00 me llevó a siete horas de recoger ajíes, que crecen a 20 cms. del suelo. Pasamos el día entero los tres solos en la mitad del campo; el sol inescapable, agobiante y acechante por todos lados, la humedad, y el tener agacharse todo el tiempo lograron que mi cuerpo envejeciera unos treinta y cinco años en sólo un día. Cada 15 o 20 mins. se escuchaba algún quejido de agonía de alguno de los tres a la distancia. ¿Paga? 70 dólares. Sueldo por día en las manzanas, trabajando las mismas horas pero mucho más fácil y liviano: 151 dólares. Decidí que ya no quería más trabajo de granja y necesitaba un nuevo comienzo. Con apenas 400 dólares en el bolsillo no podía seguir sentado esperando un trabajo de granja que no llegaba nunca. Estaba en la cuerda floja sin saber en qué sentido caminar.

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Los ajies más desabridos y odiosos en la faz de la tierra.
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Mi última noche en Ayr, con amigos de Stanthorpe.

Ahora, un día después de dejar Ayr, estoy de vuelta en el paraíso, en un lugar llamado Emu Park (649 kms.) trabajando en un hostal en la playa, con piscina y bar, cama de dos plazas y relajo absoluto. No sé cuánto dure acá pero necesitaba el respiro. De todos modos, en los días de pasarlo mal tuve momentos excelentes con mis amigos, riéndonos de la mala fortuna y pasándolo a ratos muy bien, a pesar del infierno que nos acorralaba. La buena compañía logro que al final siempre encontráramos un motivo para reírnos. Los altos y bajos van y vienen, y en los viajes, los amigos también, pero sin importar la situación, cada bajo tiene sus altos y cada ausencia una presencia. Cuando todo anda mal, es importante mantener la sensibilidad para aprovechar y disfrutar de las cosas que sí son buenas y que están siempre alrededor. Una fogata acampando en un bosque, todos cantando en el auto, o llorando de la risa tomándonos unas cervezas en un bar después de un día de sólo malos ratos y malas noticias. Solamente hay que estar atento.

Desde el paraíso luego del infierno luego del paraíso,

Sebastián.

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Distancia total manejada: 3.428 kms.

 

One thought on “2. Altos y bajos (y más bajos)

  1. Que Grande Seba!! “más allá de todo”, lo que más se valora e importa, es tu última reflexión en éste escrito…ya que si no perder eso de acá en más…vas a seguir disfrutando y aprendiendo mucho..VIVIENDO!!
    Un gran abrazo y me alegro mucho por vos.
    Te banco Crack!! :)!!

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