3. Cuando no sabes dónde ir o qué quieres

En este tercer post del blog, el elemento común de todo lo descrito parece ser la ausencia de elementos comunes entre todo lo descrito. Había escrito el post hace casi tres semanas, pero decidí borrarlo completo y empezar de nuevo. La nueva versión es un relato de algunos de los eventos que más considero que valen la pena contar de los últimos meses desde el último post. He pasado por más momentos buenos, muy buenos, malos, y muy malos, aprendiendo de todos y conociendo tanto gente increíble como no demasiado agradable en el camino.

Entre mayo y julio rematé mi experiencia recogiendo manzanas con un mes y medio de trabajo, diez horas al día, siete días a la semana, en una granja en el viejo y conocido Stanthorpe. Lo quiera o no, ese pueblo se transformó en mi casa en Australia, y al volver después después de más de un mes afuera, en mi primer día en el pueblo me encontré con cuatro amigos que se acercaron a saludarme y preguntar cuándo había vuelto y qué hacía ahí. Al igual que los amigos, algunos lugares te hacen sentir más cómodo y en casa aunque jamás los hubieses elegido deliberadamente. Stanthorpe tiene menos atractivos que una sala de espera de hospital, pero de alguna forma se convirtió en el lugar donde más tiempo he pasado en Australia, y donde he vivido algunos de mis mejores momentos.

No hay mucho que contar respecto a esas semanas de trabajo intenso y constante, más que lo pase inesperadamente bien, trabajando con diez horas de música al día y conversando con amigos de todo el mundo. Nunca deja de llamarme la atención el que los estados de ánimo en el trabajo sean tan compartidos. Algunos días todos andábamos felices, con energía y motivación, cantando, conversando y riéndonos, y otros días todos se sentían horrible, no querían trabajar y ni siquiera conversar. Era un infierno para todos. La buena onda del supervisor -que nos comparaba cervezas cada vez que lográbamos la meta del día- y del grupo de mochileros lo hacía todo muy fácil, y nunca faltaban eventos que nos hicieran entretenernos o reírnos, como el perro del supervisor cazando un Wallaby o alguien cayéndose de la escalera (sin lesiones permanentes aparentes).

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El alojamiento era en una casa decrépita en la granja misma, donde las frecuentes temperaturas bajo cero nos llevaron a tales extremos como taparnos con toallas antes de irnos a dormir en la noche. La mayoría sobrevivía con una dieta de noodles instantáneos, pasta y arroz, no por falta de tiempo o plata, sino por falta de energía o interés. Después de trabajar tantas horas, volver a la casa cansado y con frío, lo único que todos querían hacer era sentarse frente a la única estufa y hacer nada. El trabajo y el tiempo libre eran compartidos con las mismas personas, que cruzaban lo amplio y diverso del espectro humano pasando por los rincones más inusuales, desde un japonés que repartía su tiempo libre entre cocinar un plato distinto cada día, fumar suficiente marihuana para volar a un millar de personas, y darse baños en el jacuzzi con música New Age de fondo, a un alemán ex campeón nacional de Judo que se vestía todos los días igual y comía exactamente el mismo plato con los mismos ingredientes cada día, rechazando prepararse comida en la cocina y prefiriendo su cocinilla de camping junto a la carpa donde vivía.

La mayor parte de mi tiempo libre, dejando de lado las constantes de salir a correr, leer y tocar guitarra, la pasé en el mismo sofá conversando con la misma amiga por horas, sofá que parecía la butaca de un teatro cuya función implicaba la entrada y salida a la sala de los personajes más inesperados, interactuando de maneras siempre interesantes. Los viajes al pueblo eran poco usuales e implicaban ir a hacer las compras de la semana, salir al pub a encontrarse con la misma gente de la granja, o ir a tocar a algún restaurant, pub o café. Que te paguen, y muy bien, por hacer algo que amas y harías de todos modos en tu tiempo libre con la misma intensidad, no tiene precio. No puedo omitir agradecer a mis amigos de esta granja por sus trascendentes enseñanzas que me acompañarán el resto de mi vida, como preparar huevos revueltos en el microondas o colgarse del ultimo escalón de la escalera para aliviar el dolor de espalda. Durante esta época pasé más de dos meses sin hablar en español en persona; no me topé con ningún latino en más de ocho semanas.

Luego de la granja pasé varios días en Sydney, donde nuevamente no logré adaptarme. Todos aman Sydney pero mis experiencias habían sido de agobio y desencanto (ya no, no se preocupen… entré en razón). La excesiva cantidad de turistas y extranjeros hacen que el encanto de lo cosmopolita e intercultural a veces pase a transformar a la ciudad en un lugar sin identidad, sin personalidad. Una mezcla sin esencia, como una receta donde los únicos ingredientes son condimentos, pero nada de base o fondo. La ciudad es muy bonita para pasear y recorrer, con vistas y paisajes increíbles, además de interminables panoramas por hacer. Parques muy verdes, edificios antiguos y modernos, barrios bohemios de cafés, pubs, restaurants y galerías, una línea costera llena de vistas hermosas, bahías e islas, transporte a todos lados y actividades infinitas. Como turista es muy bonita y entretenida. Vivir y trabajar en Sydney, no sé. Después de unos días decidí partir manejando al norte, sin destino en absoluto, con una amiga que sólo había visto una vez en mi vida, seis meses antes, y que decidió dejar su marca imborrable en mi mochila y toalla luego de derramar aceite con tomate en mi auto (no te preocupes, diez lavados después ya casi no se huele). Una noche en un hostal granjero bastó para convencerme de que no quería volver a recoger frutas.

Las siguientes semanas las pasé en Brisbane, una ciudad a la que no le había prestado mucha atención la primera vez pero ahora, con los días y la buena compañía, pasó a encantarme. El hostal donde más tiempo me quedé parecía una comunidad hippie recluida, no tanto por la gente sino por cómo estaba ambientado, incluyendo un gato extremadamente débil y senil que me aseguraron tenía veinticuatro años. Seguro nadie leyendo esto lo creerá, pero no vieron al gato. Era tal su nivel de debilidad, flojera y desinterés, que provocaba sentimientos de eutanasia felina. Como dato curioso, mi compañero de dormitorio, Otto, de Suecia, quien fue la primera persona con la que conversé en el hostal, fue expulsado días después de que yo llegué por la policía (no, no tuve nada que ver con eso, me caía bien).

Una visita de dos amigos de mi última granja, de Canadá y Serbia, me alegró mi primera noche en el hostal, donde tomamos abundante cerveza y comimos pizza. No tengo quejas de los primeros días, pero el día de mi cumpleaños amanecí sintiéndome pésimo por haber dormido mal, pero tenía el prometedor prospecto de una entrevista de trabajo. Al llegar al auto me encuentro con un parte de $91, por estacionarme más del tiempo permitido. Más tarde me enteraría de que no pasé de fase en la entrevista de trabajo. Todo iba pésimo. Por suerte un generoso espíritu de Alemania, amiga que sólo había visto una vez, vino en tren especialmente a verme y saludarme, con un brownie con velitas preparado por ella incluido. La empatía y repentina cercanía de los mochileros viene del vivir y pasar por las mismas situaciones, y entender que cosas tan pequeñas pueden arreglarte el día.

 

En el hostal me pasaba la mayor parte del tiempo tocando guitarra afuera, donde siempre venía gente a escuchar, cantar o tocar conmigo, o sentarse a conversar, aparte de ofrecerme algo para tomar de vez en cuando, lo que siempre es bienvenido. Un día toqué en la calle con un amigo de Bali que recién había conocido. Tocamos en el West End, un barrio de pubs y restaurantes, y nos recibieron muy bien. No es por alardear, pero recibimos un “los mejores músicos callejeros que he visto”. Nunca habíamos tocado juntos antes de ese día. Fue mi tercera experiencia tocando en la calle en Australia, la primera acompañado, y sin dudas la mejor.

Una de tres coincidencias increíbles que me han ocurrido en el último mes y tanto -y seguro la más increíble- pasó en este tiempo. Estaba en búsqueda de un mecánico barato y confiable para revisar mi auto. La noche que conocí a mi amiga que me visitó en mi cumpleaños, me junté con otra amiga que conocía de antes, y que me dijo que tenía un conocido que sabía de autos, a quien le iba a preguntar si se podía hacer algo. Esperé que en los próximos días me avisaría si había averiguado algo o si me podía ayudar con algún dato. Al volver a mi hostal esa noche, mi amiga alemana me envía un pantallazo de un contacto de mecánico que encontró en un grupo de mochileros en Facebook. Lo leí e ignoré rápidamente. Al día siguiente me preguntó si había llamado; decidí llamar en la tarde. Me contestó un extranjero que me preguntó detalles de mi auto, hasta que en un momento me pregunta de dónde saqué ese número. Le explico y seguimos hablando, a lo que me pregunta si soy chileno. “Sí, ¿cómo sabes?”Me responde que está ahí con mi amiga, y que ella le está explicando la situación de mi auto y lo que necesito. Escucho a mi amiga en el fondo, incrédula de lo que está pasando. El tipo la pone en el teléfono y ella me pregunta cómo conseguí su número. Resultó ser que el número de mecánico que mi amiga alemana encontró en Facebook era de la misma persona que era el contacto de mi otra amiga, que me iba a ayudar, y al mismo tiempo que decidí llamar, estaban los dos reunidos hablando de mi auto. Sin comentarios.

De vuelta al hostal hippie en Brisbane, la desesperación por encontrar trabajo y no gastar plata en esos días llevo a una de las escenas más divertidas y patéticas del viaje. Un amigo ofreciéndome a mí y otros dos si queríamos comer noodles instantáneos (salen menos de $1 el sachet). Normalmente cualquier habría rechazado tan generosa oferta, ya sea porque los noodles no llenan nada, porque teníamos comida propia, o por no comernos la comida de nuestro amigo desempleado y desesperado. Nuestra miseria nos llevó a todos a aceptar la ostentosa invitación. Sin embargo, dada nuestra avaricia, no teníamos dónde comerlos, ya que nadie había querido pagar (arriendo) por platos y cubiertos. El generoso espíritu que hizo la oferta comía en un plato con tenedor, mientras que los otros tres comíamos de un tazón plástico; dos de nosotros con cuchara, en la que se resbalaban todos los noodles para llegar siempre frustrantemente vacía a nuestra boca, y el último comía con unas tenazas enormes de ensalada que encontró en la cocina y que ni siquiera cabían en el tazón. Todos riéndonos a carcajadas y con lágrimas, mientras el resto de la gente en la cocina no sabía si sentir pena o reírse con nosotros.

En Brisbane trabajé unos días en un festival que estaban armando, ensamblando un carrusel enorme de dos pisos. Es absurda la cantidad de piezas que van en un carrusel. Pensar en armarlo durante días para después desarmarlo terminado el festival, y partir al siguiente destino a hacer lo mismo, como lo hacía la familia dueña del carrusel, me hacía que tanto mi aberración como admiración crecieran. Después de dejar ese trabajo por lo mala de la paga y la extensa cantidad de horas, trabajé en el festival mismo, promocionando un producto de cocina. Siete horas al día repitiendo la misma frase, tratando de interrumpir a cada persona que pasaba en frente de mí. Alguna gente aburrida, que no tenía nada mejor que hacer un viernes a las once de la mañana que ir a un festival de productos de granja, por lo menos intentaban conversar unos minutos y hacer mi día (y el suyo también, seguro) menos tedioso. Nunca más. La desesperación por encontrar trabajo y no gastar lo que había ahorrado para mi viaje que viene en septiembre crecía cada día, ya que estaba en la frustrante situación de no sólo no tener dónde ir o qué hacer, sino que de no saber dónde querer ir o qué quierer hacer. Si yo no sé, ¿quién va a saber? Algunos días, después de hacer check-out en el hostal, pasaba horas adentro del auto pensando qué hacer. Tengo un auto, tengo todo el país a mi disposición, no tengo idea de dónde ir.

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A veces pareciera que le otorgamos demasiado peso a nuestras decisiones. Pensamos que lo que vamos a decidir decidirá nuestro destino de una manera directa, irreversible y considerable, y a las 3am, despiertos en la cama mirando el techo, nos cuestionamos cuál podría ser la mejor opción y adónde nos podría llevar. Muchas veces no nos damos cuenta que importa poco lo que decidamos. Está bastante trillado el cliché de que es mejor tomar una mala decisión a no tomar ninguna, pero creo que muchas veces le asignamos demasiado peso a las decisiones, y no nos damos cuenta de que no afectarán realmente nuestra calidad de vida, felicidad o estado de ánimo en el día a día. Somos quienes somos gracias a nuestro mundo interno, a cómo lidiamos con el mundo y los problemas, cómo disfrutamos de la vida y de lo que nos gusta, y con qué interés, intensidad y curiosidad nos hacemos camino el mundo. Muchas veces no importa dónde estemos, qué estemos haciendo o quién esté a nuestro lado, ya que lo que dicta la condición de nuestro vivir cotidiano es nuestra actitud y nuestro foco y perspectiva para mirar las cosas. Si estás contento y conforme con quién y cómo eres, tus circunstancias muchas veces tendrán mucho menos impacto en ti de lo que piensas. Lo que elijas no tiene tanta importancia. Prueba. Los cambios no serán tan radicales, y si es para peor, siempre puedes cambiar de nuevo. Por otro lado, si nunca estás en paz, contento ni conforme, entonces quizás sea hora de pensar en dejar de hacer cambios y tomar decisiones, y mirarte a ti mismo y tu manera de relacionarte tanto contigo mismo como con el mundo.

Después de mis ajetreados días en Brisbane, haciendo de todo un poco, decidí que, por ahora, aún no estaba listo para trabajar en la ciudad, así que partí a un rancho de caballos con cuya familia había estado en contacto por varios días, ya que necesitaban ayuda por dos a tres semanas. Los últimos días habían sido muy malos, con dolor de cabeza, sueño, cansancio y cierta desolación, así que decidí tomar la opción radical e incierta de manejar diez horas a un rancho en la mitad de la nada, donde ni siquiera había señal de teléfono o internet, sin saber qué o quién me esperaría y si esto resultaría en absoluto. Lejos de todo y de todos, al llegar, me encontré con la casa donde viviría mientras trabajara allá, entera para mí solo:

Parecía demasiado bueno para ser cierto. Los dueños, una pareja neozelandesa de mucha plata, me tenían la chimenea prendida y me habían comprado frutas y verduras. La casa, completa de madera, impecable, y con todo lo necesario para vivir en la más absoluta comodidad y lujo, era acomodación cinco estrellas. Cama matrimonial, jacuzzi, balcón con vista al río, un refrigerador lleno de comida y un canasto con frutas y verduras que para un mochilero son un lujo, como paltas y melones. Todo era paz y tranquilidad, y al fin tenía no sólo un trabajo estable nuevamente, sino un lugar de lujo para vivir, y un entorno con paisajes naturales hermosos. Cuando ya tenía todo instalado y no podía creer mi suerte de haber dado con un lugar así, de pasada miré el teléfono fijo que había en una mesita, y me encontré con la más curiosa coincidencia. No soy supersticioso, no creo en la magia, el karma ni en lo sobrenatural, pero fue inevitable sonreír al ver que la fecha en el teléfono ese 8 de agosto marcaba, incorrectamente, el 27 de julio, el día de mi cumpleaños.

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En la granja trabajé durante dos semanas, sin parar, de la mano de Mike, el manager. Los trabajos implicaban pintar cercos, podar, cortar el pasto, pintar más cercos, desmalezar, limpiar y pintar aún más cercos. Algunos días los pasé completamente solo pintando cercos por ocho horas seguidas. Algunos días partían con pintar cercos, y casi todos terminaban con pintar cercos. Pinté muchos cercos. Las conversaciones con Mike eran aburridas y fingidas y no llevaban a demasiado entretenimiento, así que opté por los audífonos. Un día me llevó al pub local, donde el panorama consistía en una docena de hombres de entre treinta y sesenta, todos vestidos con ropa de obrero (polerones naranjos o amarillos), tomando cerveza y hablando del trabajo o de apuestas. Una noche de ensueño.

Creo que todos tenemos claro y más que aprendido que muchas veces las personas de mejor situación económica son las más avaras, pero nunca deja de sorprender. Dejando de lado la casa y las cosas que me compraron la primera noche, que sí fue generoso, el resto del tiempo me sorprendía la avaricia y falta de empatía y cercanía conmigo, un mochilero que vivía solo en su enorme rancho. La paga en esta granja era ridículamente baja, y lo único bueno que ofrecía, la razón por la que terminé allá, era lo bonito del entorno. Poder disfrutar de la vida en ese lugar y sus alrededores. Cuando me dijeron que esperaban que trabajara todos absolutamente los días, sin descanso, decidí protestar. El único motivo para estar ahí me lo estaban quitando, dejándome sin tiempo ni energías para disfrutar el lugar. Me dijeron que era o eso o nada, así que partí. No iba a dejarme explotar. La dueña, a veces aparentemente muy cariñosa y simpática, a veces hacia alarde de lo bien acomodados que eran, y sin embargo me pagaban casi la mitad del sueldo mínimo.

El fin de semana luego de irme de la granja lo pasé con mi amiga del cumpleaños en una casa de una pareja de austríacos de cincuenta y tantos, haciendo Couchsurfing ahí gracias al contacto de su hijo, que resultó ni siquiera estar en el país. La pareja era tan generosa que decidió alojarnos de todas formas, por dos noches. Ambos eran chef, y nos cocinaban y mimaban día y noche, en una casa donde nos dieron un dormitorio con cama matrimonial y baño propio. Banquetes de desayuno, helados y mermeladas artesanales, chocolates y licores y todo tipo de delicias austríacas y alemanas con cada comida, aparte de paseos por el pueblo, un pequeño balneario playero llamado Gosford. Por dar un ejemplo, el primer desayuno implicó huevos pochados con salsa holandesa, lechuga, espinaca, champiñones y tomates cherry, pan integral artesanal, dos tipos de mermelada casera, tres tipos de queso, salami, pate, palta y jugo de zanahoria, manzana y piña, entre otras cosas.

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Ahora me encuentro de nuevo en Sydney, en el mismo hostal de la última vez, con su propia fauna de personajes que me intrigan, sorprenden, impactan, molestan, encantan, gustan y disgustan, como en cada alojamiento de mochileros. Si desean escuchar de algunos de los especímenes que más me desconciertan, hay una chica -no sé de dónde- que tiene una permanente expresión de tedio, disgusto y odio inexorable y absoluto hacia el universo y todo lo que éste contiene. La había visto en mi primera estadía acá. Me gustaría decir que su profunda aversión por el planeta y la humanidad han crecido en este mes que no estuve, pero creo que es imposible, ya que en su ser no cabe ni una ínfima gota más de insondable aborrecimiento.¿Qué pasará por la cabeza de gente así? Seguramente es algún prejuicio mío y su expresión no corresponde con su vida interna. O quizás sí se corresponde pero tiene buenos motivos para su extenso rencor. La verdad, no tengo la más remota idea, pero su mera presencia en los alrededores provoca pensamientos nihilistas y existenciales. Anoche, por otro lado, comí en la cocina al lado de una señora obesa que tenía un arsenal de comida enorme dispuesto ante ella en la mesa. Todo tipo de alimentos, dulces y salados, en tales cantidades que generaban sombra en gran parte de la mesa. La señora comía con un apuro y agresividad impactantes, tirando con violencia a la mesa cada elemento con el que había terminado de lidiar, haciendo ruido ensordecedor y molestando a todos a su alrededor. El vino se lo servía ubicando la botella totalmente vertical sobre el vaso plástico. En fin, queda clara la idea.

Cabe aclarar que la gran mayoría de los mochileros que conozco son personas que vale la pena conocer. Siendo todos viajeros y reconociendo que estamos de pasada en todos lados, se hacen amigos extremadamente rápido, y las relaciones pasan desde su origen a su desvanecimiento con una intensidad repentina que en cualquier otro contexto no se daría. A los diez minutos de conversar con alguien, se puede transformar en tu mejor amigo y tu compañero por los días que vengan, o puedes planear panoramas para el día con alguien que conociste en el desayuno, para luego terminar disfrutando y compartiendo como si fuera un compañero de hace meses, que entiende y conoce todo lo de lo que hablas. Y de cierta manera, es así. Estamos todos pasando por situaciones similares y somos casi todos personas que están aquí por razones o inquietudes parecidas. Es fácil crear lazos así. Las despedidas, eso sí, no se hacen más fáciles. Por lo menos en mi caso y en el de muchos a los que les he preguntado.

Sé que dejo muchas cosas fueras en un post así, y que más que diario riguroso es un relato de un par de cosas que se me vienen a la mente del último tiempo al sentarme de nuevo frente a un computador. Seguro dejé muchas cosas y eventos afuera que en su momento fueron importantes o me llamaron la atención. Vendrán incluidas en la siguiente entrega, no se preocupen ni pierdan el sueño. Por ahora, eso es todo. Siguiente parada, Asia por un mes, para volver después a pasar mis últimos tres meses y tanto en este extraño y vasto país, antes de partir a mi siguiente destino en enero.

2 thoughts on “3. Cuando no sabes dónde ir o qué quieres

  1. Buena compadre, gracias por compartir experiencias tan distintas. Yo cuando llegué arranqué de Sydney y viví 6 meses en Newcastle y la amé. Luego cuando el ahorro se hizo la prioridad volvimos y de verdad no está nada mal vivir acá porque las ciudades no las hacen los passerbys si no la gente de acá y si te dad el tiempo de conocerla es de las sociedades mas honestas y abiertas que he visto. Me inscribí a repartir comida en ubereats en bici así que ahora me peino con direcciones y lugares cool fuera del CBD si quieres algún dato. Date una vuelta por rumbosimple.com, está botada desde que llegamos pero ya actualizaré pronto.
    Abrazo

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    1. Hola Matías, gracias por los comentarios y datos. Me daré una vuelta por la página.

      Suena bien Newcastle! Me han hablado muy bien de esa ciudad. Te puedo contactar a algún teléfono o email?

      Saludos!

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