4. Aventuras en Asia y Arte en Australia

Tailandia y Camboya, Canberra y Melbourne. En el último mes y medio tuve la suerte de conocer algunos lugares nuevos y al fin viajar un poco sin la constante presión de tener que buscar trabajo. Un mes en Asia, y de vuelta a Australia a por la recta final de mi año aquí, con ya menos de tres meses de visa restantes. El salto del primer mundo al sudeste asiático, y luego de vuelta al primer mundo, fue bastante grande e interesante, desde donde todo funciona de manera impecable hacia donde todo parece muy improvisado y desorganizado, pero en los contrastes y perspectivas yacen muchos aprendizajes.

Sídney, Kuala Lumpur, Bangkok. Luego de un largo vuelo llegué por mi cuenta a la capital de Tailandia, donde en dos días me juntaría con mi hermana que venía a verme y recorrer un poco del sudeste asiático conmigo. Las primeras impresiones, predecibles, fueron los fuertes olores de la ubicua comida callejera, la cantidad enorme y desconcertante de gente, el calor que te hacía sentir estar atrapado en un auto en el desierto, los carteles en un alfabeto incomprensible, las escasas posibilidades de comunicarse en inglés con los tailandeses (incluso del hostal), y lo bajo de los precios. Fuera del constante acoso de los vendedores callejeros, los norteamericanos y europeos borrachos y el agobio del calor y la gente, la ciudad tiene muchas cosas interesantes, como los innumerables templos budistas con una arquitectura y decoración increíbles. Detalles y arte en exceso.

Al norte de Bangkok, Ayutthaya y Chiang Mai ofrecían un panorama más tranquilo e igualmente atractivo, con ruinas, templos y tailandeses en general más amistosos y menos acosadores. Incluso la comida nos gustó más fuera de Bangkok. En Chiang Mai me aventuré por primera vez con una moto scooter y salí a recorrer los alrededores de la ciudad, perdiéndome por caminos recónditos que me atraían e intentando más o menos mantener algún sentido de orientación para poder eventualmente volver a la civilización. Después de una visita frustrada a un templo, donde las miles de personas hacían avanzar imposible, fui a ver uno de los pocos templos con una especie de sistema de cuevas, para luego irme a las montañas a pasear en la scooter. Mi última parada eran unas cascadas, pero al llegar se puso a llover con furia. Esperé bajo un techo veinte minutos pero jamás paró de llover, así que decidí guardar el celular en la moto y hacer el trekking de todas formas. Mala idea. El viaje de vuelta fue completamente mojado, sin poder usar el celular para ver el GPS, y fiándome de mi sentido de la orientación para llegar casi una hora después al hostal, por caminos de tierra, callejones, calles y carreteras, y miles de otras scooters y motos que me hacían compañía.

En la siguiente parada del viaje, Siem Reap, en Camboya, recorrimos los antiguos pero impecablemente preservados templos de Angkor, que tienen una escala increíble y cuentan la historia de una ya extinta civilización que alguna vez fue enorme y poderosa; hoy la ciudad fantasma es poblada por turistas de todo el mundo. Fue una de mis paradas favoritas del viaje y disfruté al máximo cada templo y cada día. Los camboyanos me parecieron muy amistosos, si bien algo reservados y tímidos en muchos casos. En Siem Reap viví también la interesante experiencia de alojarme en un dormitorio con 32 camas (16 camarotes). Sólo diré que fue mucho menos terrible de lo que imaginé. El hostal además contaba con dos bares, uno de los cuales albergaba una barra que funcionaba 24/7. Un gesto muy amigable de los dueños para que cualquier persona que tuviese un problema, o le sobraran los dólares, pudiese acudir fácil y rápidamente al alcohol a olvidarse de ambos.

En Siem Reap nos separamos, ya que decidí viajar un poco por mi cuenta a otros destinos. A las pocas horas de quedar solo, ya había conocido un grupo de gente muy bueno -entre ellos un israelíta con el que me haría muy buen amigo- y visitamos un par de lugares muy campestres y pintorescos en las afueras de Siem Reap. De estar solo a ir en un Tuk Tuk con una norteamericana -bailarina profesional que lleva años fuera de casa-, un canadiense y un israelita, los cuatro habiéndonos conocido recién en el hostal, conversando y viajando juntos como amigos de siempre. Ese día en la noche partiría un largo viaje a una isla en el sur, parando brevemente por la capital de Camboya, Phnom Penh. Tres buses y un ferry me llevarían a la curiosa isla de Koh Rong.

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El plan inicial era juntarme con mi amigo israelita en Koh Rong y quedarme tres días. La primera parte del plan se cumplió a cabalidad. La isla en sí todavía no ha sido (totalmente) invadida y explotada por la industria del turismo, a diferencia de las islas más conocidas de Tailandia. Sólo se puede llegar en ferry, y en la isla no hay más que un par de restaurantes/bares, hostales muy básicos, y casas donde viven unos pocos isleños. No hay calles, autos ni motos, no hay ni un hospital, banco ni cajero. Sólo la playa y los hostales y restaurantes a pocos metros de ella. Los camboyanos que viven ahí se mezclan con los turistas y se da una atmósfera que no vi en los otros lugares que visité. Es todo muy relajado, muy barato, y deambula mucha gente alternativa, hippies y hipsters, haciendo de las suyas. Todos muy amigables, dándole a la isla un aire muy cálido y familiar. Me puedo jactar de haber compartido unas piscolas con un camboyano un par de días después del dieciocho, mientras me contaba lo frustrante de su trabajo como mesero, ya que no entendía prácticamente nada de lo que los turistas le decían.

En esos pocos días lo pasamos muy, muy bien. Hicimos un paseo en bote donde nos llevaron a un isla a hacer snorkeling y a la vuelta nos esperaban con frutas, visitamos a los pescadores locales, otra playa paradisíaca donde nos prepararon almuerzo, nos llevaron a bañarnos de noche entre plankton luminiscente mar adentro en obscuridad absoluta (una de las experiencias más memorables del viaje), y nos dotaron de cerveza y whiskey; todo por la profunda e inquietantemente absurda suma de 15 dólares. Hicimos deporte en la playa, comimos bien y muy barato; durante el día playa y música, en la noche bar y cervezas (y a veces después de eso de vuelta al mar en la madrugada), y constantemente conociendo gente. El día que nos íbamos con mi amigo, ya tenía reservado el ferry de vuelta al continente y el pasaje en bus para continuar el viaje a Phnom Penh. El ferry salía a las 12.30, y yo esperaba con mi amigo cerca del muelle, con las mochilas hechas y todo listo para dejar la isla, tomándonos un asqueroso café helado en el local más caro y bien tenido de la isla. A las 12.00 cambié de opinión, corrí adonde compré el pasaje en bus a cambiar la fecha y el destino y luego al muelle a preguntar si podía aplazar mi vuelta al continente. “¿Entonces no quieres tomar el ferry de las 12.30?” No, respondí. “¿Cuándo te quieres ir?” No sé, en tres, cuatro días. La gente alrededor me miró y se rió, con una mezcla de envidia y empatía.

Los días siguientes lo seguí pasando igual de bien, enamorado de la isla y de las cosas especiales que pasaban cada vez que ponía un pie afuera del hostal: gente muy interesante que conocía, tocatas improvisadas incluyendo una en un bar con mucho ambiente, puestas de sol alucinantes, un trekking por la jungla a una playa al otro lado de la isla, un paseo en kayak donde parecía que mientras más nos esforzábamos menos avanzábamos -y que desde la costa debe haber parecido que íbamos excesivamente intoxicados-, y muy buenos amigos. Cada hora de almuerzo o comida nos paseábamos por todos los locales de la diminuta villa, buscando al fin cambiar de destino y poder probar algo nuevo, con la ilusa esperanza de encontrar algo que hubiésemos pasado por alto o que hubiese cambiado de la última vez que revisamos (4 horas antes), para terminar irrevocablemente en alguno de los dos que íbamos siempre. La comida, eso sí, era buena y muy barata, además de cervezas por 75 centavos. En fin, pasé una semana de ensueño en esa isla, y pienso volver, trabajando por alojamiento y comida (había infinita demanda de “western staff”).

Conociendo a tanta gente día a día en lugares así, y comparando percepciones y experiencias, se hace muy evidente que la capacidad de disfrutar y estar conforme, tranquilo, en paz y contento, pasa casi exclusivamente por uno más que por el entorno y la gente que tienes alrededor. Si no estás contento o a gusto con quién y cómo eres, dónde estés y con quién estés influirán muy poco en cuánto disfrutarás y qué tan contento puedas llegar a estar. Si estás en paz y feliz con quien eres, podrás disfrutar y estar feliz donde sea que te lleves. Si no estás a gusto contigo mismo, o tienes ansiedades o inseguridades, no importa lo paradisíaco de tu entorno o lo agradable de la compañía; tu capacidad de disfrutar y estar en paz y contento será mínima. Muchos viajan para encontrar felicidad, paz, un sentido, y no lo encuentran, porque esa persona infeliz, intranquila, perdida, viene inevitablemente con ellos. Si puedes estar feliz y tranquilo contigo mismo y tu entorno, con las cosas como son, entonces podrás estar feliz y tranquilo en cualquier lado, y verás el mundo con otro foco. Tu sonrisa será autónoma e independiente del lugar en que te encuentres.

La última parada fue Koh Tao, una isla pequeña en el sur de Tailandia donde decidí que era hora de probar una nueva experiencia que venía dándome vueltas hacía tiempo: caerme de la scooter yendo cuesta abajo en un camino resbaloso, deslizarme boca abajo y terminar sangrando desde todas mis extremidades. Ir vestido de invierno a devolver la moto para ocultar las heridas e intentar que los daños pasasen desapercibidos parecía ser un excelente e infalible plan, pero el tipo que atendía el local estaba dotado con poderes de visión extremadamente potentes y agudos. Mis fondos de superviviencia para mi vuelta a Australia se vieron severamente mermados, pero bueno… el paseo en moto estuvo muy entretenido.

Mi viaje de vuelta a Australia fue una larga travesía. Taxi del hostal al puerto, donde tomaría un bote nocturno de unas siete horas en el que los colchones tenían el ancho ideal para una persona sin brazos, y se mecía suavemente de lado a lado con la gentileza de un tagadá. Al llegar al continente, taxi nuevamente hacia la agencia de buses, donde tuve que esperar una hora para que llegara otro taxi a buscarme que me llevaría al bus que me llevaría al aeropuerto, donde tomaría el avión que me llevaría a Bangkok, donde tomaría un avión que me llevaría a Kuala Lumpur, donde haría escala por un par de horas para tomar mi último avión con destino a Sídney. A pesar del ajetreado viaje de vuelta, tenia claro que el mes en Asia fue una gran experiencia, y no hay ningún destino de los que visité al que no volvería feliz.

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Ya en Australia la búsqueda de trabajo comenzó nueva y desesperadamente. Después de unos días en Sídney decidí partir a Melbourne, que no conocía, parando un día en Canberra, la capital. Mi impresión de Canberra es que es una ciudad muy ordenada, limpia, verde y con edificios y construcciones muy interesantes. Los parques, extensos y múltiples, son muy atractivos, y los edificios gubernamentales y museos de una arquitectura muy meticulosa y llamativa. El problema es que no hay nadie. Nadie. Caminas por avenidas enormes, parques interminables, calles y callejones, y no te cruzas con gente. Las excesivamente adelantadas decoraciones de navidad, sumadas a la inquietante escacés de gente para una capital, hacían del panorama algo muy tétrico.  El museo de guerra de la ciudad es muy interesante y completo y en la casa del parlamento pude asistir a una reunión en la cámara del senado que fue exactamente tan aburrida como piensan.

Ahora estoy en Melbourne, y a diferencia de Sídney, me encanta. Tiene más vida; más desorden, más música y arte, y un perfil de gente muy distinto. Hay graffitis en todos lados y se escuchan músicos callejeros en cada rincón. He probado tocando en la calle un par de veces y me ha ido muy, muy bien, juntando más de lo que he ganado en cualquier trabajo. Además, un amigo de mi última granja vive aquí y nos hemos visto varias veces -reencuentro de granjeros en la ciudad-, y hace poco en una entrevista de trabajo me encontré inesperadamente con un amigo de mi primera granja, alguien que no veía desde abril en un lugar a más de 1.500 kms. de aquí. Retomando la trama, quedándome ya menos de tres meses de visa, si no aparece un trabajo pronto, no teniendo pasaje para salir del país y ni un centavo ahorrado, quizás pronto será hora de pensar en internarme en una granja nuevamente para juntar plata para continuar mis viajes. No quiero hacer de la música una rutina y una obligación. Espero que mi siguiente reporte no incluya mención alguna de las manzanas, pero temo que es más probable de lo que me gustaría imaginar.

2 thoughts on “4. Aventuras en Asia y Arte en Australia

  1. oye, súper bueno los relatos, ahora en noviembre parto a sidney, no se mucho que esperar, la mayor parte del tiempo trato de leer historias para “mentalizarme” con lo q se viene, aunque creo q lo mejor es pegarse el salto a ciegas no mas.
    Cache por un grupo de WH a Alemania, este blog, y en mi plan “maestro” es pegarme ese salto después, así que espero y quedo atento para ver como te resulta a ti la aventura, mucha suerte y felicitaciones loco!!

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    1. Gracias, David! Creo que es bueno un balance de ambas cosas, averiguar un poco pero también ir un poco a la aventura, a ciegas como dices, que es parte de lo que hace toda esta experiencia tan increíble. Estos relatos sirven quizás para ambientarte un poco 👍.

      Cualquier duda o cosa que necesites, me puedes contactar. Saludos!

      Seb.

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