5. Donde sea que voy, ahí estoy

Mi ajetreado año de estancia en la inmensa y salvaje Australia llegó a su fin. Doce meses de viaje: paisajes y personajes, aventuras y amigos, ciudades y campos, trabajos y travesías. Diecinueve mil kilómetros manejados, cuatro estados visitados, más de diez trabajos, decenas de amigos y un sinnúmero de experiencias de todo tipo, desde lo más sublime a lo más amargo – experiencias que enseñan tanto a través de la risa como de la ira. Ahora me encuentro en la gélida y gris pero atractiva Alemania, donde mi primera semana ya tuve mi primer trabajo y he trascendido, poco a poco, el impacto inicial de lo distinto de este universo en donde pasaré probablemente mis próximos doce meses.

Mis últimos meses en Australia involucraron bastante movimiento y variedad, comenzando por Melbourne. Allá pasé más de un mes, y el punto más destacable fue definitivamente la música. Tocando en mercados y otros lugares públicos logré juntar alrededor de mil dólares, teniendo una experiencia increíble, donde pasé de temeroso a triunfante, y tuve una recepción de la gente que jamás imaginé posible. Entre las ofrendas que recibí, aparte de los dólares, se encontraron muchas cervezas, bebidas, galletas, una sandía, muchos euros (por alguna extraña razón) y un corazón metálico. Algunos días logré juntar en dos horas lo que normalmente juntaba en una jornada de diez horas de trabajo normal, pero otros días podían ser muy bajos.

Mi primer trabajo en Melbourne fue para una empresa que manejaba juegos tipo Mampato, desde castillos inflables a casas del terror. Pagaban misteriosamente bien, y el trabajo era siempre muy fácil. El fin de semana de Halloween trabajé en un castillo inflable de terror, donde mi labor era sentarme en el segundo nivel, al costado de una escalera, y asegurarme de que ningún niño subiese al tercer nivel, ya que estaba cerrado por motivos de seguridad. Entre la amplia gama de comentarios que recibí de los niños, mis favoritos fueron: “¿te pagan por sentarte aquí y hacer nada?” y “¿eres indigente?”. Este trabajo me enseñó a estar siempre preparado para el clima en Melbourne, donde un mismo día en la mañana puedes encontrarte echándote protector solar, con un calor considerable, y dos horas después estás buscando un techo porque está granizando.

Otro trabajo que tuve fue para Nescafé. Mi labor implicaba demostrar cómo funcionaba la máquina Dolce Gusto a los clientes de una tienda de electrónica, y regalarles café. Me atrevería a decir que no es uno de los trabajos más difíciles que he hecho. Nos incitaban además a tomar todo el café que quisiésemos. Éste y los otros trabajos que tuve, sin embargo, eran esporádicos y no me daban la suficiente constancia como para ahorrar y estar tranquilo para lo que se me venía a futuro. Con la música la situación era la misma, pero disfrutaba tanto hacerlo que a veces tocaba tres horas seguidas en un mismo lugar, independiente de como me estuviese yendo.

Ya transcurrido un mes en Melbourne, y considerando que me quedaba poco tiempo para partir a Alemania, donde encontrar trabajo y asentarme sería un desafío, decidí que volver a la granja donde más tiempo había pasado era buena idea, con el fin de juntar plata. Manejé los casi 1.500 kms.en dos tandas, compartiendo primero el viaje con un viajero de Bélgica y luego uno de Israel. Al llegar a la granja transcurrieron una serie de eventos muy peculiares que me hicieron partir en apenas un par de días, sin haber siquiera comenzado a trabajar. El primero fue encontrarme con que la casa que me asignaron no era la misma de la última vez, sino que era una interesante casa con arquitectura estilo post-apocalíptico, donde la mitad de las cosas se estaban cayendo a pedazos y la otra mitad no funcionaba, y las moscas, mosquitos y otras criaturas aladas no dejaban espacio alguno para tener un poco de paz. El evento clave que me revolvió la cabeza, sin embargo, fue algo completamente trastornador.

Al llegar a la casa nueva, inmediatamente me di cuenta que un auto rojo que estaba estacionado afuera me parecía muy familiar. Luego de unos minutos, la mujer que me mostró la casa me comentó “ese auto era de un tipo que se volvió medio loco y ya no está aquí”, por lo que el auto quedó abandonado. Me contó que el tipo perdió la cordura gracias al ice, que es como le llaman a la metanfetamina en Australia, y que se perdió en un bosque. Le señalé que me parecía muy curioso, porque se parecía al auto de un amigo que estaba ahí cuando trabajé la última vez en esa granja, la temporada anterior, a lo que ella me respondió que sí, que el dueño del auto trabajó ahí en ese entonces. La persona era la misma, un amigo japonés con el que viví y trabajé por seis semanas y que aquí apodaré Kimuta. Al parecer Kimuta había perdido totalmente la cabeza por las drogas y se había perdido varios días en un bosque, para luego ser encontrado por un granjero que lo llevó al pueblo, donde ahora se alojaba en un motel y no recordaba la granja, su auto, ni nada de su pasado en ese pueblo. En su auto, afuera de la casa, se encontraban todas sus cosas, desde su mochila y ropa hasta su equipo de camping. En el motel lo apodaban Noodle porque no sabían su nombre, y lo alimentaban, mientras que él sólo respondía con acciones violentas y agresivas.

Naturalmente la historia me dejó muy perturbado, y cada vez que veía su auto me sentía profundamente incómodo e incluso extrañamente nauseabundo, sabiendo que mi amigo había perdido la cordura y ahora se encontraba fuera de sí. Peor aún, las chicas que vivían conmigo me contaron historias horribles de él cuando vivía ahí, desde que abría las puertas y entraba a sus habitaciones en la mitad de la noche, no con las mejores intenciones, a que incluso amenazó gente con cuchillos en más de una ocasión, tanto en la casa como en el motel donde se alojaba ahora. No sonaba nada como el Kimuta que yo había conocido, muy tranquilo , introvertido y amistoso. La granja no parecía darme esa sensación de estar en casa que solía tener, donde siempre me encontraba cómodo, feliz y a gusto, y el trabajo se hacía muy liviano por la buena compañía. Luego de unos días decidí que me quería ir. No podía soportar estar en esa casa decrépita, además de que mis amigas de la casa me contaron que el trabajo que estaban haciendo los hombres actualmente era tan terrible que casi todos estaban renunciando.

En mi último día, habiendo ya abandonado la granja, decidí ir al motel en el pueblo donde aparentemente se estaba quedando Kimuta. Pregunté por él, describiéndolo de acuerdo a lo que me habían contado recientemente de su comportamiento errante, a lo que me respondieron que no les sonaba conocido y que no habían tenido problemas con ningún huésped, y que el único asiático que se alojaba ahí era alguien que apodaban Noodle. ¡Bingo! Pedí que le avisaran que yo estaba ahí, y me dijeron que bajaría a verme en unos minutos. Lo escuché bajar las escaleras, y a medida que se acercaba a mí, me llevé una enorme sorpresa al descubrir que esta persona no era mi amigo Kimuta. No entendía nada. ¿Era otra persona la de las historias horribles que me contaron? Quizás mi amigo le había vendido el auto a otro japonés, y era éste el que perdió la cabeza con las drogas, pero muchos elementos de cómo mis amigas de la casa describían a esta persona coincidían con Kimuta. ¿Dónde estaba realmente Kimuta, si no en el motel? ¿Por qué creían en la granja que Noodle era él? Nada tenía sentido y me sentí inmerso en un misterio digno de Sherlock Holmes. Kimuta estaba desaparecido, su auto abandonado en la granja con todas sus cosas personales, y por alguna razón alguien había hecho una conexión con Noodle del motel, pero aún así, ¿de donde salieron las historias de Kimuta siendo agresivo en el motel? Kimuta no estaba ahí, y la persona que al parecer en la granja creían era él, no había sido agresivo en absoluto.

Me fui de la granja sin saber qué había pasado, pero el misterio de mi amigo inexplicablemente desaparecido no hizo más que sumar a mis deseos de irme de ese lugar, donde ya de partida no me sentía nada a gusto. Les describí mi visita al motel y todo lo que pasó a mis amigas de la casa y emprendí rumbo enfocado en intentar juntar plata con la música. Días después una de ellas me contactó para contarme que le habían contado de mi visita al motel a las personas de la granja. Ellos dieron aviso de la desaparición de Kimuta a la policía, y la policía apareció fugazmente en la granja para investigar la situación. Al poco tiempo lograron resolver el misterio, pero sólo en parte; Kimuta se encontraba de vuelta en Japón. A través de los datos de su pasaporte lograron dar con su paradero, y las cosas se habían aclarado un poco, pero no del todo. ¿Por qué abandonó el auto y todas sus cosas en la granja? ¿Dónde se fue cuando desapareció de la casa? ¿Qué tan ciertas eran las historias sobre él siendo agresivo y violento? Al parecer nunca sabré, ya que por más que intento contactarlo no responde mis mensajes.

Las dos semanas siguientes las pasé recorriendo la costa con una amiga, pero terminaron siendo más bien vacaciones que cualquier otra cosa. Luego de muchos intentos frustrados de tocar, ya que en todos lados se necesitaba un permiso, y en los bares ya tenían músicos agendados para los próximos dos o tres meses (¡meses!), decidí que quizás me había apresurado demasiado en abandonar la granja. Camino de vuelta a ella venía con una sensación de angustia. No quería realmente volver allá. Recordaba mi larga temporada de trabajo donde fui muy feliz y conocí gente increíble, y pensaba que no quería manchar esos recuerdos volviendo al mismo lugar, y que recrear algo así sería imposible. Faltando horas para llegar, un neumático de mi auto explotó, y el repuesto perdía aire. Secretamente deseaba que las cosas fallaran para que no pudiese llegar, pero no se dio así, y decidí seguir adelante. Llegando a la granja me encontré con que me asignaron mi casa de la primera temporada, de cuando pasé más de un mes allá y tuve mis días más felices en Australia. El trabajo, más encima, iba a ser muy parecido a recoger manzanas, y el supervisor sería el mismo de esa última temporada. Mágicamente, me encontré casi de manera inmediata muy a gusto con mi vida allá, y pasé un mes genial  trabajando nuevamente con las manzanas, conociendo gente increíble y viviendo cosas muy interesantes. A veces en los lugares más inesperados encuentras una paz y felicidad que te abruman.

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Colores en Mt. Tamborine.
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Una amistosa araña en Noosa Heads.

Todas las veces que decidí que tenía que volver a una granja, por alguna u otra razón, siempre lo hacía a regañadientes, y anticipaba con hastío y angustia mis próximas semanas trabajando ahí. Manejaba inmerso en presentimientos y sensaciones negativas, y me cuestionaba por qué estaba volviendo, otra vez, a trabajar a una granja, cuando me había prometido a mi mismo que no lo haría más. Ya lo había hecho, ya conocía la experiencia. Ya me había puesto a prueba, y había hecho trabajos muy difíciles y exigentes en condiciones muy duras. No necesitaba volver a hacerlo. No era una obligación y ni siquiera estrictamente necesario. Trabajo en Australia no falta, y las opciones son muy diversas. ¿No estaba yo por sobre esto? ¿No era acaso yo más capaz y mejor que recoger manzanas en una granja? ¿Acaso no estaba más capacitado y podía hacer y ofrecer más? No podía ser que casi lo único que había hecho era este tipo de trabajo, y que yo no daba para algo mejor. Todos lo hacían por obligación, para poder optar al segundo año de visa, donde es requisito cumplir con ochenta y ocho días de granja, pero yo no tenía esa opción. A los pocos días de trabajo, sin embargo, me di cuenta de lo muy equivocado que estaba.

Me di cuenta en esa estadía en la granja que de hecho no tenía problema alguno con hacer ese trabajo. Es más, lo disfrutaba y lo pasaba bien. Me gustaba compartir toda la jornada con viajeros, conversando interminablemente. Me gustaba tener la libertad de usar la ropa que quisiera y comportarme como quisiera, mientras el trabajo se cumpliera. Me gustaba poder escuchar música mientras trabajaba, comentarla con amigos, y descubrir artistas nuevos todo el tiempo. ¿En cuántos trabajos se puede hacer todo eso? La libertad de poder conversar todo el día, hacer amigos nuevos, a ratos reírse hasta no poder respirar y estar en constante contacto con otros viajeros, todo esto mientras trabajas y cumples con lo que se espera de ti, es para mi inmejorable e impagable. Incluso el desafío físico me atraía y motivaba, ya que siempre prefiero exigirme a estancarme. Conversando con un amigo canadiense mientras recogíamos manzanas, hablamos sobre la importancia de no tomar trabajos que te quiten tu espíritu. ¿Cuántos trabajos te quitan el espíritu? ¿Cuántos te fuerzan a ser otro? Algunos reprimen y limitan tu forma de ser, otros te fuerzan a actuar, y fingir ser otro que no eres. En la granja podías siempre ser tu mismo. Podías hablar como quisieses, vestirte como quisieses, reírte cuán fuerte y seguido quisieses, moverte con la música, cantar, gritar, hablar cosas serias o tonteras, y ser siempre tú mismo.

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Llamas en Stanthorpe, naturalmente.

Siete días a la semana, diez horas y media de trabajo al día, comenzando a las 5.30 am, se hacían de hecho livianas gracias a que el grupo de mochileros con los que trabajé era buenísimo. Eramos una familia y todos nos llevábamos bien con todos. Durante el trabajo, trabajábamos en pares, pero siempre podías hablar con el resto a la distancia, aunque la mayoría del tiempo la pasabas conversando con tu pareja. En los breaks y almuerzos, nos sentábamos todos juntos. Eran diez horas y media de reírse, conversar sobre todo, desde política y filosofía hasta cabras y vacas, y escuchar música de manera constante. En los pocos momentos y días libres que tuve, toqué en un café en el pueblo, y en las noches previas a algún esporádico día libre que se nos asignaba, ibamos todos al pub, donde nuestras apariencias fácilmente delataban el hecho de que nos habíamos despertado a las 4.30 de la mañana y llevabamos ya más de veinte horas en pie. Las previas siempre fueron en el rio, debido a lo caro del alcohol en los pubs en Australia, y desde éste nos ibamos los treinta o cuarenta y tantos mochileros caminando medio borrachos y con pasos erráticos al pub.

Uno de los días en la granja, faltando casi una semana para mi partida, ocurrió un evento con mi auto que pasó de ser una tragedia a una causa de risa, felicitaciones, e incluso nuevo interés en comprar mi auto. Cerca de las diez de la mañana me di cuenta que las llaves de mi auto no estaban en mi bolsillo. Revisé todos mis bolsillos y pertenencias, y nada. Las había perdido. Ese día pasé al rededor de cuatro horas buscando las llaves en los pastos de la granja, pero el hecho de que la llave era verde, al igual que el llavero que la acompañaba, no era un factor favorable. Pensé que era el fin de mi auto. La verdad es que no estaba tan molesto. El auto me había acompañado por mucho más tiempo del que jamás anticipé. Ese mismo día el supervisor ya me había bromeado con que mi auto no volvería nunca más a pasar una revisión técnica, incluso si lo derritieran y comenzaran otra vez desde cero.

A eso de las nueve de la noche recibo un llamado de un tal Taylor. Era el hijo de los dueños del café donde tocaba regularmente, a quienes les había contado de mi infortunio. Taylor dijo que me podía ayudar. Podía lograr hacer partir el auto con un destornillador, pero no podría volver a cerrar el auto o a ocupar las llaves si es que las encontraba. Sin pensarlo un segundo, acepté su ayuda, a lo que me dice “termino de comer y voy”. Me llevó en su camioneta a la granja, y luego de veinte minutos de martillazos y golpes logró efectivamente hacer andar mi auto con un destornillador. De ahí en más mi auto pasó a ser motivo de envidia, curiosidad, halagos y respeto en la granja. Todos estaban fascinados por el hecho de que las llaves ahora fueran un destornillador, e incluso me ofrecieron comprarlo. El supervisor me dijo que ahora seguro se había valorizado entre mochileros.

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La casa buena (imagínense la mala) y el fiel Falcon.

Entre los personajes interesantes y peculiares de esta estadía en la granja, había una señora australiana cuya cordura se había tristemente extraviado en el pasado. Hablaba constantes incoherencias, se reía sola y buscaba llamar la atención todo el tiempo, para luego no saber qué hacer con ella cuando la recibía. Cuando trabajábamos con mi amigo canadiense en una fila paralela a ella, intentábamos trabajar lo más rápido posible para alejarnos y evitar que nos hablara o hubiera contacto alguno. Cuando trabajamos avanzando hacía ella, en cambio, trabajábamos lento por el anticipado horror de tener que enfrentarla.

Las reglas cuya ruptura implicaba comprar un cajón de cerveza seguían en pie, entre las que se encontraban lanzar manzanas, jugar en el teléfono, estar de cumpleaños o renunciar. Las mañanas eran la parte más tranquila y relativamente silenciosa del día, mientras que en las tardes, aparte de las constantes conversaciones y bromas entre todos, siempre se escuchaba a uno de los italianos cantando ópera a todo pulmón. A veces se ponía a hacer sonidos de animales, a lo que prontamente todos respondían con sonidos de otros tipos de animales. Tantas horas al día trabajando haciendo lo mismo puede tener consecuencias muy negativas para la salud mental.

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Cervezas después del trabajo.

La última visita al pub, justo antes de irme, fue mi despedida, y me provocó al mismo tiempo agradecer y lamentar conocer a toda esa gente, ya que pasé cuatro semanas increíbles con ellos donde nos hicimos muy cercanos, pero al mismo tiempo eso mismo implicó que el adiós se hiciera difícil. Aprendí bastante en ese mes sobre qué me gusta y dónde y con quién me siento más cómodo. Sobre todo, aprendí sobre la importancia de evitar trabajos que no te permitan ser tú mismo y te quiten tu espíritu. Recoger manzanas era cansador, tedioso, monótono, a veces muy difícil, pero no nos quitaba nuestro espíritu en absoluto. Podíamos ser nosotros mismos todo el tiempo, en cuanto a forma de ser, hablar, actuar, vestirnos y comportarnos, mientra se hiciese el trabajo obviamente.

Mi vuelo a Alemania partía desde Sídney, a más de 700 kms. de donde me encontraba. Era el último desafío para mi viejo y querido Ford Falcon y lo soportó sin problemas. Abordé el avión con sentimientos de tristeza por dejar un país en el que viví tantas cosas, pero también de alegría y agradecimiento por haberlas vivido, y de emocionada anticipación a lo que se venía. Luego de diez horas de vuelo llegó mi escala en Shanghai, donde tendría que esperar dieciséis horas. Había reservado un hostal al que podía llegar tomando sólo una línea de metro desde el aeropuerto, para poder así recuperarme del viaje y prepararme para el siguiente vuelo. El plan era perfecto. Veinte minutos en el metro y el tren comenzó a devolverse, avanzando en dirección opuesta a donde yo iba. Estaba tan cansado y frustrado que no me dio la paciencia para sentarme a re planificar mi viaje. Llegué de vuelta al aeropuerto y me eché a dormir en el piso. Me esperaban otras catorce horas de vuelo a Frankfurt.

Ahora llevo ya más de diez días en Berlín, donde me he alojado con dos amigas alemanas y he logrado recorrer algunos sectores. Las temperaturas máximas son a veces de 3 o 4 grados bajo cero, y las mínimas cercanas a los 10 bajo cero, por lo que mi primera adquisición fue un abrigo de invierno. Aparte del frío, lo más evidentemente distinto a lo que venía viendo es la arquitectura y atmósfera de la ciudad. La arquitectura es típica Europea, con edificios antiguos de alrededor de seis pisos, todos muy cerca de la calle misma y todos con un estilo similar. La consistencia de la arquitectura se contrasta fuertemente con la diversidad de estilos de la gente, los bares, cafés y tiendas, y la cultura de la ciudad. Pareciese ser que cada tienda tiene un estilo radicalmente único y distinto, al igual que los bares, que poseen todos una personalidad definida pero que varía enormente entre locales. Hay algo para todos. Tengas el gusto que tengas, o te guste el estilo que sea, habrá un bar o café para ti y gente que comparta lo que buscas. También parece haber infinitos eventos culturales cada día y en cada barrio, desde tocatas y recitales a charlas y exposiciones.

Uno de los bares a los que fuimos me dejó con una de mis primeras imágenes que creo se quedará grabada eternamente en mi mente, debido a lo peculiar y distintivo de ésta. El bar en sí era muy oscuro, y desde afuera daba la impresión de estar cerrado. Adentro, apenas se podían distinguir las caras. Había seis o siete mesas ocupadas, otras varias desocupadas, y sólo una persona trabajando ahí, el barman. Los techos eran altísimos y colgaban lámparas grandes donde sólo una o dos tenues ampolletas funcionaban. Hacía bastante calor adentro, lo que provocaba una sensación muy surrealista al ver a la gente de afuera, a pocos metros, tan abrigada y protegida. Los personajes adentro eran de una variedad notable y valen ser la pena descritos en detalle, especialmente porque diferían tanto de lo que venía viendo en Australia, donde a lo menos en los pueblos sólo había granjeros que iban a tomar directamente después del trabajo y mochileros igualmente intoxicados.

Cuando ya estábamos sentados, a nuestra izquierda se encontraba una pareja alemana de aspecto muy común, conversando. Un poco más allá de ellos había un tipo de contextura grande, complexión negra, y vestido con un traje azul que incluía un elegante sombrero. Él conversaba en un inglés no nativo con una mujer rubia que se sentaba al frente. Directamente frente a nosotros había un tipo sentado en una mesa alta, con un computador donde escribía sin parar, y una cerveza. El tipo tenía un chaleco de lana y lentes plásticos redondos que le daban apariencia de escritor o intelectual de algún tipo. A su lado había otro tipo con un computador, un café, y fumando marihuana, con un look más outdoor y práctico. Más tarde se sentarían a la derecha de él una pareja gay que no paró nunca de besarse. A nuestra derecha, a dos mesas de distancia, había dos alemanes fumando mariguana y tomando cerveza, y pasadas unas horas se sentaría entre ellos y nosotros un tipo con la apariencia más peculiar de todas. Complexión negra, rastas hasta los hombros, barba en la pera y un bigote, una camisa blanca estilo estilo antiguo, con las mangas muy amplias y las muñecas angostas, un chaleco de cuero sin mangas, y pantalones anchos cafés con una cuerda de cinturón. Un pirata.

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Los usuales prejuicios sobre los alemanes han quedado muy de lado. La gente en la calle muchas veces te sonríe, los vendedores te conversan, y la atmósfera, a pesar del frío, parece ser muy sociable y alegre. Los alemanes con los que he compartido han sido siempre amigables, abiertos, alegres, y siempre dispuestos a hablar en inglés en mi presencia, incluso cuando es un grupo grande de alemanes y sólo yo como extranjero. El único aspecto algo negativo es el frío, pero me he acostumbrado muy rápido, adquiriendo nuevos conocimientos sobre cómo capearlo y lograr hacer vida normal. De cuándo en cuándo, eso sí, me encuentro entrando a una tienda al azar en la calle cuando he llevado mucho rato caminando, para poder refugiarme y recuperarme del frío por unos minutos.

Así concluye esta atrasada entrega del blog, que cubre el importante periodo del término de una etapa y el comienzo de otra muy diferente. A futuro se vienen la búsqueda de un trabajo, de un dormitorio para arrendar, y el poder explorar y descubrir esta interesante ciudad, que como mundo ya ajeno a mí, parece contener un sinnúmero de mundos propios, cada cuál muy distinto y peculiar. La época de granjas realmente ha llego a su fin, y ahora me toca buscar un trabajo de ciudad, en un país del que conozco muy poco y cuyo idioma ni siquiera hablo. Valoro y agradezco el paso por Australia enormemente, no sólo como experiencia en sí, sino como etapa transitoria a este nuevo mundo, en donde de haber llegado directamente desde Chile, me encontraría absolutamente perdido y sin idea sobre qué hacer a continuación. ¿Qué hacer a continuación?

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