6. Semana al ritmo de la improvisación en Berlín

A diferencia de lo que normalmente escribo, esta vez me limitaré a hablar sólo de esta semana, que aún no llega a su fin, pero en donde pasaron varias cosas interesantes, inusuales, entretenidas e inesperadas, involucrando una bicicleta que no compré y que me llevó a los aplausos, por nombrar una cosa. Ya llevo diez semanas en Berlín, en las que han pasado eventos de todo tipo, desde lo profesional a lo recreacional, pero en esta ocasión la extensión de tiempo cubierta por el texto será de seis días, partiendo por el lunes en la mañana y terminando hoy, sábado 25 de marzo en la tarde, cuando me encuentro sentado en el living con una serie de armónicas esparcidas alrededor mio y que me han acompañado desde la mañana. Me saltaré meses de viaje con esto, ¿pero a quién respondo?

El lunes en la mañana comenzó conmigo recuperando currículos arrugados y doblados que quedaban todavía en algún rincón de mi mochila. Partí no muy temprano en bicicleta en búsqueda de hostales donde poder dejarlos y preguntar si necesitaban gente para trabajar ahí. Cuando ya me quedaba un sólo hostal por visitar, camino a éste vi a mi costado un hostal que no conocía ni había considerado. Pregunté por trabajo y me dijeron que no necesitaban a nadie, pero que probara en un hostal que se llama ONE80º, a un par de cuadras de ahí. Mi desvío inesperado nº1 me llevó a un desvío inesperado nº2. Al llegar a ese hostal, hice la misma pregunta, y recibí la misma respuesta negativa, pero me recomendaron conversar con el tipo que hace tours caminando, y que por casualidad estaba ahí en ese minuto.

Conversé con él y se interesó mucho en mí, asegurándome que era muy probable que pudiese trabajar también de guía turístico, usando mi ignorancia sobre esta ciudad para deslumbrar a los aún más ignorantes turistas que visitan la visitan (mis palabras). Me dio su contacto, y cuando me iba, me dijo, “¿por qué no vienes con nosotros? Vamos a hacer el tour ahora.” Los tiempos calzaron mágicamente, y partí con el grupo a hacer un tour de tres horas y 5 kilómetros caminando. El tipo, inglés, estaba evidentemente obsesionado con la historia, lanzando datos con una precisión increíble, adormeciendo así lentamente a su audiencia. Quedó de contactarme en el futuro, pero aún no tengo respuesta. Al menos aprendí un poco más de la ciudad donde llevo ya diez semanas viviendo, y pude conversar con un australiano muy fascinado con Concepción, ya que tenía un amigo viviendo ahí.

El lunes en la noche me iba a juntar con una amiga para ir a un bar. Nos íbamos a encontrar afuera de una estación de metro. Llegué diez minutos antes y me apoyé contra una pared a mirar a la gente pasar y a esperar. Pasados unos minutos se me acerca un tipo no muy alto, vestido con ropa en tonos oscuros y muy desordenada, un sombrero, pelo corto negro y ojos celestes. “Amigo, ¿quieres esta bicicleta? La vendo por 10 euros.” Obviamente sospeché algo truculento, y le dije que no. Me insistió, y le insistí que no tenía dónde meterla, que ya tenía una, que no me servía, etc. Esto no lo desmotivó en nada, y seguimos cada uno insistiendo, hasta que me entendió, y me decidí por conversarle y preguntarle de su vida. Pasado un rato le dije “si quieres te doy un euro”, y se lo pasé. Me agradeció efusivamente, y nos quedamos conversando. Me explicó que iba al cumpleaños de un amigo y no le quedaba plata, pero quería llevar una botella de vodka. Ya estaba atrasado y quería comprarla como fuera. “¡Están locos! ¡Están todos locos!”, me decía, porque nadie quería comprar una bicicleta en buenas condiciones por 10 euros. Mientras conversábamos en las afueras de una botillería se la ofrecía a la gente que pasaba caminando.

Pasado un rato me dice, “5 euros, te la dejo en 5 euros”. Volvió la insistencia de cada uno, hasta que le dije: “Mira, podríamos hacer esto. Yo toco armónica, y tengo una aquí. Si quieres vamos al metro y toco un rato, y usamos tu sombrero para juntar algunos euros.” Le gustó la idea y partimos. Toqué un par de minutos en frente de una fila de personas esperando para comprar comida callejera, y logramos juntaron algunos euros. Me agradeció de nuevo y me felicitó por la armónica, diciéndome que tocaba como pocos y que le llegaba al alma. Me habló de un lugar donde tocan música en vivo en las noches y donde yo tenía que ir a tocar. Me hizo anotar la dirección y prometer que iría el miércoles a tocar. “¡El tercer día de la semana! ¡El tercero! ¿Cómo es? Miércoles, ¿no?” Le hice caso, anoté todas sus instrucciones para llegar al lugar, y le aseguré que ahí estaría el miércoles. Cuando pasan estas cosas seguido, después de un tiempo uno aprende a seguirlas y no pasarlas por alto o desmerecerlas. No es que vea un significado más allá en eventos fortuitos de la vida, sino que a veces ayuda tener los ojos abiertos en escenarios donde otros sólo verían molestia y hastío.

Después de eso me junté finalmente con mi amiga, que se perdió de toda esta escena extraña e interesante. Íbamos a un bar donde se suponía que había música en vivo y tenía muy buen ambiente. Caminamos un par de cuadras pero al llegar vimos que estaba cerrado. Abrían a las 21.00. Fuimos a otro bar a hacer hora, y dos cervezas más tarde, partimos de nuevo al primer bar. Estaba abierto, pero no había nadie excepto el barman y sus amigos. Ser paciente no siempre paga. Nos fuimos nuevamente y terminamos tomando cerveza en la calle, una asequible opción que la siempre amistosa Berlín pone a nuestra disposición. Ver pasar a los personajes de Berlín, en toda su llamativa extravagancia y excentricidad, puede ser una de las actividades más interesantes de la ciudad.

En la noche del día siguiente, martes, decidí ir a un bar donde había tocado antes, pero sólo llevé mis armónicas, ya que no me inscribí para tocar ese día. Mis esperanzas yacían en que al final de la noche hubiese un jam session, con todos tocando juntos y donde yo me pudiera sumar, o que alguien se subiera a tocar blues y yo le pudiese pedir acompañarlo. Pasada una hora, se sube un tipo de barba y pelo largo rubio a tocar el primero de tres temas. ¡Blues! Terminado el tema, me acerco al escenario y le pregunto si puedo tocar con el en el segundo tema, ya que toco armónica y no tengo con quien tocar. Tocamos Sweet Home Chicago como si lo hubiésemos ensayado de hace años. La gente despertó y aplaudió bastante. Les di las gracias a ellos y a el tipo, y me bajé. Llegando a mi mesa un tipo me regala una cerveza, en lo que el músico me llama nuevamente al escenario para tocar la tercer canción juntos. Where Did You Sleep Last Night. Otro éxito absoluto. No paramos de mirarnos y reírnos terminada la canción, por lo bien que salió y por cómo nos aplaudieron. A veces la música es un medio de comunicación más directo que cualquier conjunto de palabras meticulosamente seleccionadas. Después la gente me pidió tocar más y me preguntó dónde me podían ver tocar. Me terminé mi cerveza mientras conversaba con un alemán y un italiano, y me fui del bar.

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Hace dos semanas y gracias a Instagram descubrí, dos días después de tocar en ese mismo bar, que alguien me había dibujado tocando. (Créditos: @christopher.burrows).

El miércoles a las 15.00 tenía una entrevista de trabajo en un hotel. Fui con mi mejor y más distinguido atuendo (jeans y un polerón), y al llegar me entregaron un formulario en alemán. “Disculpa. Tengo sólo una pregunta respecto al trabajo: ¿es necesario hablar alemán?” Sí, me dicen. Nunca lo mencionaron en el aviso, y en mi postulación aclaré que sólo hablo inglés y español. Mi esperanza y mi tiempo directo al basurero. Me vestí por nada. Volví a la casa y salí a correr con lo último que le va quedando a mi rodilla izquierda, hinchada por correr tanto en cemento, y eternamente empeorando, por vivir en un sexto piso sin ascensor.

Miércoles en la noche, era hora de ir al bar del tipo de la bicicleta. Agarré mi mejor armónica (mentira, las llevé todas, por supuesto), y partí en bicicleta al bar. Me bajé de la bicicleta y la encadené, calculando que estaba cerca, y busqué el bar entre edificios antiguos abandonados, y edificios recién construidos igualmente abandonados. Escuché música viniendo desde un hangar muy grande. Como suele suceder en Berlín, todo lo que había era una puerta de metal gigante con muchos graffiti. Sin ventanas, sin carteles, sin número. Entré y me encontré con una banda tocando en vivo, un sonidista profesional, mesas, sillas y sofás esparcidos por el lugar, y una barra que servía cervezas y cocktails. Era open stage. Es decir, los músicos iban rotando, subiéndose y bajándose del escenario a ratos.

Esperé mi momento, y cuando empezaron a tocar blues comencé a prepararme para subir al escenario. No pasó medio minuto y empieza a sonar la ármonica: alguien me había ganado la carrera y se subió a tocar armónica. Por suerte, su experiencia con el instrumento no se remontaba a tiempos demasiado anteriores. Creo que nadie se dio cuenta de su presencia, y pasados unos minutos se bajó del escenario. Corrí al escenario apenas vi la oportunidad. Tocadas tres notas en mi armónica la gente empezó a aplaudir. No sé que es, pero algo mágico tiene este instrumento que atrapa a la gente. Toqué bastante rato y me recibieron muy, muy bien, tanto los músicos como el público, pidiéndome que me quedara.

Después de unas canciones me bajé y me senté a escuchar. Un par de horas después me subí de nuevo, pero me encontré con un personaje insoportable en la guitarra eléctrica. Tocaba para sí mismo, solo tras solo, y jamás escuchaba al resto de la banda o a la gente. No había espacio para nadie más en el escenario, ya que su ego era omnipresente. Pasados cinco minutos no aguanté más, puse el micrófono en el atril y me bajé del escenario en la mitad de una canción. El balance de la noche fue muy positivo, pero este personaje me hizo recordar lo decepcionante que puede ser la gente muchas veces. Quizás merece destacar que, aparte de no parar de tocar improvisaciones y solos, el tipo tocaba muy mal la guitarra. El tipo de la bicicleta que me recomendó el bar nunca apareció, pero amigo, si hablas también español y estás leyendo mi blog, gracias.

El jueves en la tarde recibí una notificación en Facebook, alguien había comentado en algo que escribí en un grupo de músicos de Berlín. El comentario (en inglés) decía: “Hola man. Tocamos juntos el martes en Lagari! Quería hablar contigo y pedir tu contacto para tocar pero estaba un poco borracho, haha. ¡Qué suerte que vi tu post!” Inesperadamente volví a tener contacto con el tipo de barba y pelo rubio con el que había tocado improvisadamente. Un nuevo contacto para hacer música caído del cielo.

El jueves tenía otra tocata, pero más formal y programada. Tocaba en un bar donde tuve que reservar con dos semanas de anticipación, y mandar demos de mi música para ser aprobados (o no), y darme el sí (y me lo dieron). Me junté en la tarde con un amigo y luego me vine al departamento a decidir qué canciones iba a tocar en la noche. Pasado un rato llegó mi amiga que me iba a acompañar. Nos tomamos unas cervezas y partimos al bar. Al llegar, vimos desde afuera que estaba lleno de gente y casi no había espacio para entrar y moverse. Había un tipo tocando guitarra y cantando, y esperamos un rato para entrar.

El bar tiene la particularidad de ser únicamente para ir a ver música en vivo. Es muy pequeño y todos los asientos dan hacia el escenario. Además, tiene la particularidad aún más particular de que, a pesar de que los músicos tocan enchufados (instrumentos conectados y micrófono para la voz), no hay parlantes ni amplificadores. Al entrar, la gente intercambia su licencia de manejar o pasaporte por unos audífonos bluetooth (el corrector de vocabulario sugiere banquete). Te los pones, y escuchas la música amplificada. Si quieres, te los puedes sacar en cualquier momento y escuchar la música directo desde el instrumento, y la voz directo desde el músico. Cabe mencionar que el bar, aparte de la música, es extremadamente silencioso. Nadie habla. Si quieres comentar algo, esperas a que termine la canción y susurras.

Toqué mis canciones luego de canjear mi trago gratis, y me recibieron muy bien. Esta vez toqué guitarra, armónica y canté, y toqué por segunda vez en mi vida una de mis canciones propias en vivo, la que pareció ser muy bien recibida por la gente. La inesperada racha musical continuaba, y ya sumaba tres noches seguidas tocando en vivo en algún bar. Después de tocar anoté el contacto de dos personas que se me acercaron a conversar, querían juntarse conmigo y quizás tocar (creo que al menos una de ellas no tenía intenciones de tocar).

El viernes fue un día tranquilo, pero en la noche un amigo me invitó a la casa donde otro amigo, donde había una fiesta. Al llegar allá me encontré con una casa de tres pisos, llena de habitaciones y grupos de gente en ellas, haciendo cosas distintas (abarcando todo el abanico de posibilidades que puedan (o quieran) imaginarse). En una de los dormitorios había una banda tocando en vivo, improvisando jazz. Había un montón de gente, todos apelotonados, y no había espacio para moverse. Me quedé escuchándolos y pasado un rato, la saxofonista (con la que había hablado hacía una hora) me grita: “¡Hombre de Chile! ¡Canta para nosotros!” Jamás he cantado improvisando, así que le dije que podía tocar armónica en su lugar. Me sumé a la banda y tocamos un rato. Esta vez no fue un bar, pero fue la cuarta noche seguida tocando, y fue una experiencia muy buena. La gente que estaba escuchando estaba muy metida.

Hoy, sábado, no tengo planes, lo que en esta ciudad para mí normalmente significa que algo inesperado e interesante va a pasar, así que no me preocupo. El único trabajo que he tenido aquí, escribiendo contenido para el sitio web de una startup, apenas duró tres semanas. Ahora estoy desempleado, desesperado, y quedándome rápidamente sin plata. ¡Si tan sólo hubiese una forma de convertir aventuras en plata! Me disculpo profundamente por la ausencia de material fotográfico en esta inusual entrega del blog.

One thought on “6. Semana al ritmo de la improvisación en Berlín

  1. Victor Hugo Moya Alvarez: exelente reflexion con respecto a los momentos en los que nadie quiere estar e increiblemente te brindan oportunidades , es exelente estar abiertos a ellos, esta entrega le da sentido al dicho “las vueltas son las que dejan”

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