7. Las inexploradas rutas de lo espontáneo e imprevisto

Me encuentro cómodamente sentado en uno de los vagones centrales de un tren con destino a Cambridge, habiendo salido de Londres hace solo unos minutos, y cruzando parajes típicos de la campiña inglesa, donde extensiones de pasto y trigo abrazan suaves lomas en donde ovejas hacen de las suyas. Hace exactamente un año, el 27 de julio del 2016, pasaba un día de estrés y dudas en Brisbane, Australia, luego de dos semanas de manejar largas distancias buscando trabajo, pasando de un plan a otro, de una determinación irrefutable a otra distinta y aparentemente más irrefutable, divagando y buscando agitadamente, sin resultados, mientras mi cuenta bancaria se ponía a dieta. Hoy, 27 de julio del 2017, cumplo 26 años. Pasaré el día paseándome relajadamente por las antiguas y elegantes calles y facultades de Cambridge, universidad de la que se graduaron gigantes como Darwin, Stephen Hawking y Isaac Newton. Luego tomaré un tren hacia la famosa e histórica ciudad de York, donde pasaré la noche, y luego podré orgullosamente jactarme de haber estado en tanto York como Nueva York. Un año, un puñado de países, más de una decena de trabajos y un sinnúmero de decisiones e indecisiones me separan de aquel día nublado. Si bien me remitiré a reportar eventos ocurridos en mis más recientes meses en Europa, un conciso recuento de algunos de los eventos del último año parece pertinente.

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Desde ese día 27 de julio del 2016 en Brisbane, trabajé Australia en un rancho para una familia millonaria de Nueva Zelanda, donde me asignaron una elegante casa, completamente equipada, en la que vivía solo; pasé un mes viajando con mi hermana por Tailandia y Camboya, donde pasé de días paradisíacos en islas remotas a horas en el hospital luego de un accidente en scooter; viví en Melbourne, donde trabajé en ferias para niños, en tiendas de mall para Nescafé y tocando música en las calles; recorrí algunos pueblos y ciudades de la costa este de Australia, explotando la infinita lealtad de mi demacrado auto; trabajé otro largo mes en las manzanas, levantándome a las 4.30 am para trabajar once horas al día, pero haciendo nuevos y muy buenos amigos que hacían todo más fácil. Luego viajé a Berlin, donde los fríos de más de diez grados bajo cero contrastaban duramente con el verano australiano de donde venía, y la búsqueda incesante de trabajo era frustrantemente improductiva. Trabajé para una startup, escribiendo sobre inteligencia artificial; me cambié diez veces de departamento gracias a lo que conocí a muchísima gente, y donde viví con músicos, activistas políticos, profesores y estudiantes; toqué música en bares, jam sessions, en la calle, en un cumpleaños y hasta un matrimonio; conocí gente de todo tipo: artistas, poetas, pintores, vagabundos, empresarios y millonarios de Sillicon Valley; trabajé para una empresa de tours, para una empresa que arrendaba departamentos, en un hostal (tres meses y contando); me reuní con mi hermano en Italia y con un amigo en Inglaterra, en donde vi en vivo a una de las personas que más me ha influenciado en mi vida.

Volviendo al presente, en Berlín suelo frecuentar los mismos bares donde se toca música en vivo, y donde ya conozco a “los de siempre”, gente del barrio y algunos de pasada en Alemania, como yo, que frecuentan los mismos lugares religiosamente. Basta con elegir un bar y partir caminando, para encontrarse siempre con al menos alguien que uno conoce. No hace falta planear mucho en Berlín–casi todo se da de manera espontánea. Uno de de los bares, Lagari, ve cada martes de open mic al mismo fiel grupo de músicos, junto con un puñado de músicos nuevos que va rotando semana a semana. Entre los fieles, hay más de algún viejo que jamás pudo superar la etapa del sueño de ser una estrella de rock, y se visten como tal para tocar una y otra vez las mismas canciones, complementando con actitud toda la musicalidad que carecen.

Al comienzo solía tocar por mi cuenta ahí, pero ahora prefiero unirme a alguno de los que siempre van, o incluso preguntar a veces a músicos que no conozco si es que puedo acompañarlos en alguna canción, usualmente con la armónica. Fue así que conocí a JR, un cantaautor escocés con el que he tocado en cuatro o cinco bares, y con quién las tocatas siempre despiertan mucho interés de la gente. Lo vi subirse al escenario un día en el que yo sólo había llevado mis armónicas. Extrañamente, sólo hemos tocado juntos en escenarios; jamás hemos ensayado (y creo que jamás nos hemos encontrado estando sobrios tampoco). Después de la primera vez que tocamos oficialmente juntos en un bar, luego de haber tocado un par de veces de imprevisto en Lagari, nos fuimos del bar medio borrachos, caminando sin rumbo por Berlín, un sábado por la noche. Luego de una breve escala en un bar donde JR conocía al barman, y donde pudimos disfrutar de cerveza gratis, la caminata nos llevó al improbable evento en que distinguí a un amigo sentado afuera de un bar, con su guitarra y acompañado de alguna gente. Nos unimos a él y los tres tocamos, improvisando o tomando turnos para tocar canciones, al mismo tiempo en que una pequeña audiencia se formaba en torno a nosotros de gente que, caminando por la vereda, decidió parar y quedarse a escuchar–algunos cantando, otros bailando, otros escuchando en silencio, según la proporción de alcohol en su sangre a esas alturas. Más tragos gratis siguieron llegando para nosotros; ¿enviados por quién? Ni idea.

Con JR toqué también en un bar llamado Loophole, luego de que ese día nos encontráramos por casualidad en otro evento donde los dos tocamos, y él decidiera invitarme a tocar con él en su show de esa noche. El bar, en el cuál colgaban partes plásticas humanas (todo tipo de extremidades) de las paredes y techo, y contaba con una cara gigante de payaso, apenas visible en la oscuridad del lugar, resultó ser un lugar muy interesante, donde tocó también una pareja irlandesa que hacía música genial. Más tarde esa noche, luego de tocar, conocí a un amigo músico de JR, WB, vocalista de una banda de rock & roll, y los tres decidimos dirigirnos a otro bar, donde esa noche tenían la fiesta de clausura (y donde yo y JR habíamos tocado antes, cada uno por su cuenta). Resultó estar mucho más lejos de lo que teníamos anticipado, pero ese pasó a ser el menor de nuestros problemas, ya que empezó una lluvia furiosa cuando llevábamos apenas una cuadra. JR en bicicleta, borracho, zigzagueando por la calle y golpeándose con paredes y árboles, y yo con WB, de actitud fervorosamente rockanrollera, conversando y compartiendo cerveza. La caminata rápidamente se transformó en serenata, y los tres caminamos tarde en la noche por las calles de Berlín, bajo una lluvia poderosa, borrachos y animados, cantando grandes hits de rock & roll a todo pulmón. Al llegar al bar, luego de una larga travesía, no nos querían dejar entrar porque eramos demasiado ruidosos. Podrán imaginarse que WB, con su actitud punk, no se lo tomó bien.

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Tocando en Loophole.

Otra noche interesante se dio en otro de los bares que suelo frecuentar, Little Stage, donde cada miércoles aparecen músicos y personajes extraños que van a disfrutar del open mic. Hacía dos semanas había tenido la suerte de ver a un poeta escocés recitar su poesía en el pequeño escenario del excéntrico bar, el que cuenta con pequeño salón lleno de luces multicolores, una pileta de agua y una figura de un tigre. C, el poeta, recitó apasionadamente un poema sobre lo duro de la vida en Glasgow. Vestido en un estilo en parte pirata, con una camisa muy grande, y con una boina, expresó a toda emoción cada palabra del poema, pasando por momentos íntimos y cercanos a otros de furia y alto volumen. Me gustó mucho su presentación pero no pude conversar con él después, ya que se retiró a un rincón con un cigarro y una cerveza. Tenía una cualidad excéntrica, distante y extravagante que suelen tener los verdaderos artistas. Algo que lo separaba del resto, y lo ponía en un plano paralelo, en una dimensión elevada e inalcanzable.

La noche en cuestión ocurrió dos miércoles después de ese día, cuando toqué en el bar y luego vi que C estaba sentado en el mismo rincón. Me senté cerca y él se acercó a hablarme. Me dijo que no lo solía hacer, pero que a veces le pide a músicos que lo acompañen con su poesía, y que le había encantado como toco armónica, por lo que le interesaba saber si me gustaría acompañarlo con mi armónica, improvisando, cuando él recitara esa noche. Me dijo: “No importa como salga. Déjate llevar, toca lo que sientas, lo que te parezca. Si sale pésimo, bueno, sale pésimo, y si no, genial. Lo importante es dejarse llevar.” Acepté de inmediato. Un rato después lo llamaron al escenario, y recitó un intenso poema sobre la muerte, mientras yo tocaba a ojos cerrados dejándome llevar por los énfasis y tonos en su voz. A ratos miraba, y lo veía moviéndose y contorsionándose por el escenario, para terminar finalmente de espaldas en el piso, gritando a todo pulmón, mientras alguien más le sujetaba el micrófono. Fue una presentación muy intensa y muy bien recibida por la gente.

Después volvimos a conversar y me dio un abrazo. Me dijo que de las veces que intentaba hacer esto con músicos, casi nunca funcionaba, y nunca lograba dar con alguien que lo entendiera, pero que yo lo había entendido a fondo, y que estaba muy contento. Me preguntó si me interesaría volver a tocar con él, ya que su intención era juntar más gente que lo acompañara, y que yo era el primero que lo había convencido, luego de haber intentado esto con gente en muchas ciudades por Europa. Me contó un poco más de sus andanzas por Europa, donde lleva años sin tener casa, y viaja siguiendo a sus instintos del momento, dejándose llevar y jamás preocupándose por el mañana. Esto (éste momento) es lo único que tenemos, me decía. Todo lo demás es superficial, no existe.

Hace menos de un mes, con el grupo de jam sessions de los viernes, que se junta cada viernes en un taller de bicicleta a tocar, tuvimos que hacer la tocata en Little Stage, debido a que el taller se había inundado. Tocamos desde las diez de la noche hasta las cuatro de la mañana, improvisando en el escenario y rotando de músicos de vez en cuando. Pasamos por todo tipo de música, desde lo más improvisado a temas clásicos de todos los tiempos. Dos semanas antes habíamos hecho la jam session en un parque, durante la fiesta de la música en Berlín, un evento donde se celebra la música en vivo en la ciudad, con presentaciones en cada esquina, parque, bar y restaurant. Semanas antes habíamos hecho una transición del taller de bicicletas a un bar al otro lado de la calle, a eso de las dos de la mañana, donde nos pusimos a tocar en nuestra mesa, y el barman sacó una guitarra de detrás de la barra, acompañándonos rítmicamente desde allí.

La música me ha llevado a los lugares más inesperados, y a conocer gente de maneras muy inusuales. Por ejemplo, hace unos dos meses estaba tocando en mi dormitorio, con la ventana abierta. En ese departamento vivía al nivel de la calle, y la ventana daba directamente a la vereda. Cuando terminé la canción, escuché aplausos desde la calle. Me asomé por la ventana a mirar y había cuatro personas paradas, que naturalmente me saludaron y hablaron al verme. Me dijeron que venían caminando por el otro lado pero cuando me escucharon decidieron cruzar. Después de hablar un rato me contaron que iban camino a un bar, no muy lejos de ahí, y me invitaron a unirme. Acepté, y terminé pasando la noche con ellos conociendo nuevos bares. Jamás los volví a ver.

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Después de tocar ese día, firmaría mi primer (y segundo) autógrafo (¿con quién me habrán confundido?).

Así como la vida espontánea te puede llevar a muchas situaciones entretenidas e interesantes, también te puede llevar al máximo estrés y confusión. En junio, mi hermano venía a Roma de paseo, y yo tenía pasajes para ir a verlo por unos días. El miércoles de la semana del 19 volaba desde Berlín a Roma a las 21.35. Ese día trabajaba, y luego me iba a juntar con una amiga a tomar una cerveza, para luego partir directo al aeropuerto. El martes, después del trabajo, llegué al departamento y decidí salir a correr, planeando lavar toda mi ropa al volver para tenerla lista para el día siguiente. Volví de correr, eché todo a lavar, cociné y comí escuchando el discurso de aceptación de Bob Dylan para el Nobel. A eso de las 19.00 me eché en mi cama a tocar guitarra y relajarme, a minutos de que pasara algo que me llenaría de una mezcla de adrenalina y pánico (si es que no son lo mismo). Faltando minutos para las 20.30, un mensaje en mi teléfono me hizo darme cuenta que quizás volaba ese mismo día, martes, a las 21.00. Revisé el pasaje y con horror me di cuenta que efectivamente el pasaje era para volar en poco más de una hora. No podía creer que me iba a perder el vuelo, y la oportunidad de juntarme con mi hermano. Todo estaba perdido, pero por alguna razón algo me decía “el avión aún no despega, y no estás haciendo nada en el departamento: ¡sal!” Así que tomé mi mochila vacía, mi pasaporte, una polera y el cargador de mi celular, corriendo y resbalándome por mi dormitorio, pensando “que ridículo lo que estoy haciendo, si el vuelo ya está perdido”, y luego alternando a “bueno, vale la pena intentarlo”, y salí corriendo a toda velocidad a las 20.30 de la noche, faltando una hora para el despegue.

Bajé los seis pisos del edificio a tropezones, y corrí a máximo esfuerzo las tres cuadras hasta el metro, desesperado y transpirando frío, no pudiendo creer lo que me estaba pasando. ¿Cómo podía ser tan idiota? ¿Cómo iba a perder el vuelo, un viaje planeado, y la anticipada posibilidad de ver a mi hermano? Venía culpándome a mí mismo y al mismo tiempo sintiendo una adrenalina enorme de tener que correr como nunca lo había hecho en mi vida –como la gente lo hace en las películas. Al bajar las escaleras de la estación y aparecer en el andén central, me encontré con dos trenes detenidos, y a punto de cerrar las puertas. Si sacaba el teléfono para revisar cuál tomar, ya que no tenía idea como llegar al aeropuerto, las puertas se cerrarían y no alcanzaría a subirme, implicando una espera de al menos cinco minutos más que podría, con tiempos tan estrechos, sepultar mis posibilidades irremediablemente (algo de esperanza había en mí). Decidí elegir uno de los dos trenes al azar, ya que era la única opción. Tenía que tomar el riesgo, porque averiguar implicaba perder la posibilidad de abordar un tren de inmediato. Elegí uno, y corrí a las puertas. Apenas me subí, éstas se cerraron. Una vez adentro y con el tren en movimiento, saqué el teléfono y me llevé la sorpresa de que iba en el tren correcto.

Quedaban ya menos de cincuenta minutos para el despegue. A medida que pasaban las estaciones me daba cuenta que lo que hacía era ridículo. El vuelo estaba perdido y no había nada que hacer, pero por algún tenue impulso en mi cerebro, no me bajé del metro, y seguí avanzando inmerso en desesperación y estrés, adrenalina y pánico. Llegué a la estación donde tenía que bajarme faltando menos de veinticinco minutos para el despegue. Ya había averiguado que debía tomar un bus ahí, pero no tenía idea exactamente donde. Salí corriendo del tren, luego de la estación, y elegí una calle al azar, corriendo hasta encontrar un paradero. Por alguna casualidad extraordinaria me topé con el paradero con el nombre del aeropuerto, donde el bus pasaría en un minuto, a las 20.56. Llegó puntual, me subí, y adentro me paseé de adelante a atrás, nervioso, esperando el paradero para bajarme. Al abrirse las puertas en el aeropuerto, a las 21.03 y faltando apenas treinta minutos para el despegue, corrí desesperado buscando el logo de la aerolínea. Lo encontré, y me dijeron que estaba en el ala equivocada del aeropuerto. Otro pique más y llegué al lugar correcto, donde me dijeron que necesitaba el pase de abordaje, que se obtenía en el lugar donde había estado antes. Afortunadamente el personal de seguridad entendió mi desesperación y me imprimió el pase ahí mismo. Corrí a seguridad, y me topé con un policía que sospecho de mí, algo esperable dado mi estado y apariencia (rojo, transpirando, nervioso e hiperactivo). Me revisaron como nunca, y apenas me dejaron seguir, corrí a la puerta de embarque. Inexplicablemente estaba dentro del avión en menos de 15 minutos desde que me había bajado del bus. Mandé un mensaje a mi jefe para avisar que no podría trabajar el día siguiente, y a mi amiga, explicándole que no íbamos a poder tomarnos una cerveza. Inexplicablemente, habiendo estado echado en mi cama menos de una hora antes de la hora de vuelo, logré llegar al avión y abordar el vuelo.

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De vuelta de Italia recibí una llamada de un amigo músico para tocar en un cumpleaños, siendo muy bien remunerado. Accedí y toque ese domingo por poco más de una hora, siendo mi primera tocata sólo y oficialmente pagada (a diferencia de por tragos gratis, con alguien más, o pasando la gorra). En menos de dos semanas ya me había llamado otra persona, a quién yo le había sido recomendado por alguien del cumpleaños, para tocar en un matrimonio, nuevamente muy bien remunerado, y esta vez para tocar por dos horas. La fecha coincidía con otra tocata que tenía esa noche, abriendo para dos bandas, una de ellas de un amigo, que tocaban en un bar en mi barrio. Asistí al matrimonio, que tomó lugar en un diminuto pueblo a unos cincuenta kilómetros de Berlín. La ceremonia se dio en un paisaje campestre y apenas unos cincuenta invitados, tal como había visto en tantas películas a lo largo de mi vida; jamás había asistido a un matrimonio en otro país. La ceremonia fue atea, y el maestro de ceremonias forjó el discurso en torno a canciones de Guns & Roses, ya que el novio y la novia eran fanáticos de la banda. Luego de esto, toqué por un poco más de dos horas, mientras los invitados tomaban champagne y comían torta, para luego ser invitado a unirme a ellos y consumir todo lo que quisiera. A veces me pregunto, ¿como ocurrió todo esto? Al poco rato tuve que devolverme a la ciudad en tren, donde me esperaba la segunda tocata oficial del día. Barra abierta para mi y varios amigos entre el público sirvieron para relajarme y cerrar uno de mis mejores días en absoluta felicidad, luego de tocar por más de una hora en su mayoría temas propios.

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Me alejaré un poco de las historias musicales, para evitar tedio. Sin embargo, esta historia tiene como protagonista a mi guitarra, aunque no la toqué. Una tarde de un día de semana, venía camino a mi casa con mi guitarra al hombro. Faltando menos de una cuadra para llegar, pasé por un bar donde siempre hay gente sentada afuera, y algunas mesas al interior dan a la calle, donde las ventanas suelen estar abiertas. Pasando por ahí escuché a alguien hablándome desde adentro, por la ventana, en inglés: “¡Ey! ¿Eres músico?”. Sí, respondí. “¿Tocas guitarra? ¡Ven! Entra. Siéntate conmigo.” He aprendido a no dejar pasar oportunidades así, así que entre sin pensarlo, y me senté con el tipo que me hablo. Resultó ser una especie de vagabundo, que se fumaba un cigarro y tomaba agua, ya que no tenía plata para comprar algo de la barra. Humildemente me explicó que no me podía invitar a una cerveza, pero que si quería agua por favor sacara. Conversé con el un rato, y los dos contamos quiénes eramos. Él era alemán, actor y músico frustrado, y originalmente del sur. Conocía perfectamente a Chile, y me dibujó un mapa de Sudamérica, ubicando cada país y sus fronteras. De aspecto era difícil distinguir que era un vagabundo, ya que en Berlín mucha gente se viste con ropa en pésimas condiciones, y el pelo y barba no dicen nada. Hablaba muy buen inglés, y tenía algunos momentos donde había insinuaciones de locura, pero dentro de todo, era una persona muy amigable, cálida e interesante. Cuando me di cuenta de esto, decidí comprar una cerveza para cada uno, y al final nos quedamos conversando por casi dos horas. Jamás me pidió nada, y al comienzo ni siquiera probó la cerveza que le dejé en frente, pensando que eran las dos para mí. Me contó toda su vida, sobre su familia y sus paraderos actuales, su pueblo natal, sus creencias personales, su condición actual y la vida en las calles, y sobre el diablo, tema que parecía interesarle bastante.

Esa noche me fui a acostar tranquilo y en paz, sabiendo que al día siguiente me tenía que levantar a las 7.00 para ir a trabajar. Por alguna inexplicable razón, no podía quedarme dormido, y las horas pasaban y pasaban. Intenté todo: sentarme en la terraza a tocar guitarra, leer, elongar, hacer yoga, pensar, no pensar, escuchar música, taparme más, destaparme, escribir. Nada dio resultados, y la última vez que vi la hora, antes de quedarme dormido, fue a las 4.55, por lo que dormí menos de dos horas. A las 8.00 comencé mi turno de ocho horas en el trabajo, donde curiosamente no me sentí mal en lo más mínimo, y tuve un día tranquilo y eficiente. No entiendo qué es lo que lleva al ser humano a tener una batalla constante con el sueño. Dudo que otras especies sufran de insomnio. Si no pueden dormir, no duermen. Me extrañaría enterarme de que sufriesen por el hecho de no poder dormirse cuando quieren dormir; después de todo, ¿qué significa querer dormir, si no tienes sueño como para dormirte?

Las cervezas con el vagabundo contrastan interesantemente con algo que me pasó hace quizás tres meses, cuando alguien respondió a mi aviso en internet de búsqueda de trabajo, sugiriendo que nos juntáramos a tomar una cerveza en la noche. Sospeche de esto, ya que no es el tipo de reunión que un empleador tiende a sugerir, pero decidí hacerlo igual, teniendo una gran cantidad de lecciones del pasado en donde decir que sí siempre me llevo a cosas interesantes, funcionasen o no (y cuando no, se aprende). Resultó ser un empresario millonario de Sillicon Valley, creador de una compañía avaluada en cientos de millones de dólares, que estaba en Berlín por el fin de semana. Sólo quería ayudarme con consejos para buscar trabajo, y darme ideas para salir adelante en Berlín, en una época donde yo estaba en lo más desesperado de mi estadía. Pagó todas las cervezas toda la noche, y cuando se fue terminó regalándome un billete de 100 euros para ayudarme. Obviamente decliné, pero después de que insistió que para el no era nada y que lo tomara, terminé guardándomelo. Una ayuda absolutamente inesperada.

Volviendo a lo cotidiano, mi trabajo también proporciona algunas historias y anécdotas interesantes de vez en cuando, pero no en exceso. Por ejemplo, hace dos semanas me encontraba en el segundo piso, donde tenía que llenar un balde con agua, lo que usualmente lo hago en alguna ducha de los baños del pasillo. Al ver la puerta abierta en el baño de mujeres, me decidí por éste. Entre, caminé hacia la ducha, y corrí la cortina, encontrándome sorpresivamente con una huésped de unos veinte años, sin ropa, parada en la ducha mirando hacia la cortina (¿haciendo qué?). Rápidamente cerré la cortina y empecé a disculparme. Tuve la suerte de haberme topado con la persona más relajada y despreocupada del hostal, ya que lo único que hizo fue decirme que no me preocupara, que estaba todo bien, y que daba lo mismo. Un compañero de trabajo se quejó conmigo, diciendo que lo único que le tocaba ver a él de vez en cuando, eran hombres en calzoncillos, y de vez en cuándo algún vómito esporádico en un pasillo.

Ya habiendo pasado el año y medio desde que me fui de Chile, mucha gente me pregunta si pienso volver, cuándo, si es que echo de menos, y qué planes tengo. La verdad, es que no me arrepiento de ningún paso de esta aventura, y no cambiaría nada. No pierdo el sueño pensando en Chile, y cada vez me atrae menos la cultura del país. Hace no mucho, era un fehaciente defensor del país y lo que representa, de su idiosincrasia y tradiciones, pero cada vez encuentro menos para defender y destacar, y más para catalogarlo como un país cualquiera en cuanto a esos ámbitos. En lo que sí destaca, y lo hará por siempre para mí, es en los paisajes naturales, y en que obviamente mi familia y amigos de toda la vida están allá. Dejando de eso de lado, como pueblo, lo que tiene para ofrecer que otros lados no tengan, es poco. Muchos nos dejamos llevar por lo que hemos escuchado, de la calidez del sudamericano, lo amistosos, lo luchadores de los chilenos, y otros clichés así, pero viajando he descubierto que gente cálida y amigable hay en todos lados, y que todo pueblo lucha y se sobrepone a los desafíos y las tragedias. Es una cualidad humana, no chilena.

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Este 27 de julio, geográfica y circunstancialmente muy lejano al del año pasado, me permitió disfrutar de varias cervezas con amigos en un bar histórico de Londres, frecuentado por Charles Dickens y reconstruido en el año 1667, pasear por las calles y facultades de Cambridge, donde inesperadamente un inglés se me acercó y me regaló un ticket para entrar al lugar que más ansias tenía de visitar (King’s College), y escribir un recuento de los principales eventos de esta última vuelta al sol, junto con relatar mi vida en Berlín. Hace un año no tenía idea cuál sería mi destino al terminarse mi visa en Australia, y hoy me encuentro en la misma situación con mi visa alemana, pero con tranquilidad de que sea donde sea que me encuentre, estaré feliz y en paz, ya que el estilo de vida, temple y actitud desarrollados y adquiridos en este año y medio de altos y bajos están asentados en lo más profundo de mi médula, y me acompañarán donde sea que vaya.

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